lunes, 19 de enero de 2009

2. EL INFORME DEL INSPECTOR LEGRASSE

 

            Los sucesos anteriores por los que mi tío diera tanta im­portancia al sueño del escultor y al bajorrelieve eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez, parecía, el profesor Angell había visto los odiosos contornos del monstruo anónimo, había meditado sobre los desconocidos jeroglíficos, y había oído las sílabas que sólo la palabra Cthulhu podía traducir... Todo esto había tenido lugar en circunstancias tan sobrecogedoras que no es raro que persiguiese al joven Wilcox con preguntas y ruegos.

            Esta experiencia anterior había ocurrido diecisiete años antes, en 1908, mientras la Sociedad Americana de Arqueología celebraba su congreso anual, en San Luis. El profesor Angell, por su autoridad y sus méritos, había de­sempeñado un papel importante en todas las deliberacio­nes, y a él se acercaron varios profanos que aprovechaban la oportunidad de la convocatoria para hacer preguntas y plantear problemas.

            El jefe de este grupo no tardó en convertirse en centro de atracción de todo el congreso. Era un hombre de as­pecto muy común, de mediana edad, que había hecho el viaje de Nueva Orleáns a San Luis en busca de cierta in­formación que no había podido obtener en su distrito. Se llamaba John Raymond Legrasse y era inspector de poli­cía. Traía consigo el objeto de su viaje: una estatuilla de piedra, repugnante y grotesca, aparentemente muy anti­gua, cuyo origen no había logrado determinar.

            No debe creerse que el inspector Legrasse se intere­sara por la arqueología. Todo lo contrario; su deseo de instruirse tenía como único origen razones puramente profesionales. La estatuilla, ídolo, fetiche o lo que fuese, había sido capturada meses antes en los pantanos bosco­sos del sur de Nueva Orleáns, en el curso de una expedi­ción contra una presunta ceremonia vudú. Tan singulares y odiosos eran los ritos, que la policía comprendió que se hallaba ante un culto totalmente ignorado, e infinita­mente más diabólico que los del vudú. Los confusos e in­creíbles relatos arrancados por la fuerza a los prisioneros nada informaron sobre su posible origen. De ahí el deseo de la policía de consultar a alguna autoridad para identifi­car así el horrible símbolo, y seguir las huellas del culto hasta sus fuentes.

            El inspector Legrasse no había esperado que su pe­dido provocara una impresión semejante. La aparición de la curiosa estatuilla bastó para excitar a los hombres de ciencia, y pronto todos rodearon al inspector para con­templar de cerca la diminuta figura cuya rareza y aspecto de genuina y abismal antigüedad abrían perspectivas tan misteriosas y arcaicas. Nadie reconoció la escuela escultó­rica de la que había nacido la estatua, y sin embargo cen­tenares y hasta miles de años parecían haberse posado en la oscura y verdosa superficie de aquella piedra descono­cida.

            La figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla con más minuciosidad, medía de unos veinte a veinticinco centímetros de altura y estaba finamente labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro ex­tremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda. Esta criatura, que exha­laba una malignidad antinatural, parecía ser de una pesada corpulencia, y estaba sentada en un pedestal o bloque rec­tangular, cubierto de indescifrables caracteres. Las puntas de las alas rozaban el borde posterior del bloque, el asiento ocupaba el centro, mientras las garras largas y cur­vas de las plegadas extremidades asían el borde anterior y descendían hasta un cuarto de la altura del pedestal. La cabeza de cefalópodo se inclinaba hacia adelante, de modo que los tentáculos faciales rozaban el dorso de las garras enormes que apretaban las elevadas rodillas. El conjunto daba una impresión de vida anormal, más sutil­mente terrorífico a causa de la imposibilidad de establecer su origen. Su vasta, pavorosa e incalculable edad era inne­gable; sin embargo, nada permitía relacionarlo con algún tipo de arte de los comienzos de la civilización.

            El material de la estatua encerraba otro misterio. No había nada parecido, en geología, o mineralogía, a aquella piedra jabonosa, verdinegra, de estrías doradas o iridis­centes. Los caracteres de la base eran igualmente descon­certantes, y ninguno de los miembros del congreso, a pe­sar de que representaban a la mitad de las autoridades mundiales en este campo, pudo descubrir el más remoto parentesco lingüístico. Tanto la figura como el material pertenecían a algo increíblemente lejano, totalmente dis­tinto de la humanidad que conocemos: algo que sugería, de un modo terrible, antiguos y profanos ciclos en los que nuestro mundo y nuestras concepciones no habían parti­cipado.

            Y, sin embargo, mientras los miembros del congreso sacudían la cabeza y se confesaban incapaces de resolver el misterio, uno de ellos creyó descubrir algo raramente familiar en la efigie y los jeroglíficos, y al fin, no sin reti­cencia, confesó lo que sabía. Este hombre era el hoy desa­parecido William Channing Webb, profesor de antropo­logía en la Universidad de Princeton y explorador de bastante renombre.

            Cuarenta años antes el profesor Webb había recorrido Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que hasta ese entonces no había podido descubrir. En la costa de Groenlandia se había encontrado con una tribu degenerada de esquimales, cuya religión, forma sin­gular de los cultos demoníacos, lo había impresionado so­bremanera por su faz deliberadamente sanguinaria y re­pulsiva. Era aquélla una fe que los otros esquimales ignoraban casi del todo, y a la que se referían estremecién­dose. Databa, decían, de épocas muy antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. junto a ritos anónimos y sacrifi­cios humanos había invocaciones de origen tradicional di­rigidas a un demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb había oído esa invocación en boca de un viejo an­gekok, o brujo sacerdote, y la había transcrito fonéti­camente, hasta donde era posible, en caracteres roma­nos. Pero lo que ahora parecía importante era el fetiche adorado en ese culto, y alrededor del cual bailaban los es­quimales cuando la aurora boreal brillaba muy por en­cima de los acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra con una figura horrible y algunos caracteres misteriosos. Creía recordar que se pa­recía, por lo menos en todos los rasgos esenciales, a la criatura bestial que ahora estaban examinando.

            Este relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del congreso, pareció excitar al inspector Le­grasse, que abrumó al profesor a preguntas. Habiendo co­piado una invocación recitada por uno de los oficiantes del pantano, rogó al profesor Webb que tratase de recordar las sílabas recogidas en Groenlandia. Siguieron una comparación exhaustiva de todos los detalles y un ins­tante de sombrío silencio cuando el profesor y el detec­tive convinieron en la virtual identidad de las frases. He aquí, en sustancia (la división de las palabras fue estable­cida de acuerdo con las pausas tradicionales observadas por los oficiantes), lo que el brujo esquimal y los sacerdo­tes de Luisiana habían cantado a sus ídolos:

 

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu

R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

 

            Legrasse había tenido más suerte que el profesor Webb, pues varios prisioneros le habían revelado el sen­tido de esas palabras. Era algo así:

 

En su casa de R'lyeh

el desaparecido Cthulhu espera soñando.

 

            Y entonces, respondiendo a un ruego general, el ins­pector relató minuciosamente su experiencia con los fieles del pantano; veo ahora que mi tío dio gran impor­tancia a esa historia. Tenía cierto parecido con las ensoña­ciones más extravagantes de los teósofos y los creadores de mitos, y revelaba una asombrosa imaginación de carác­ter cósmico que nadie hubiese esperado entre parias y va­gabundos.

            El primero de noviembre de 1907 la policía de Nueva Orleáns había recibido un alarmado mensaje de la región pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva, pero de buen natural, descendientes en su mayor parte de los hombres de Laffite, eran presas del pánico a causa de algo desconocido que había invadido la región durante la no­che. Se trataba en apariencia de un culto vudú, pero de una especie más terrible que todo lo que ellos conocían. Desde que el malévolo tam-tam había comenzado a sonar incesantemente en aquellos bosques oscuros donde nadie osaba aventurarse, habían desaparecido varias mujeres y niños. Se habían oído gritos irracionales, chillidos desga­rradores y cantos lúgubres, y unas llamas diabólicas ha­bían bailado en la espesura. Los vecinos, añadió el aterro­rizado mensajero, no podían soportarlo.

            En las primeras horas de la tarde veinte policías par­tieron en dos carricoches y un automóvil, guiados por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransita­ble, abandonaron los vehículos, y durante varios kilóme­tros chapotearon en silencio a través de los espesos bos­ques de cipreses donde nunca penetraba la luz del día. Raíces tortuosas y nudos malignos de musgo retardaban la marcha, y de vez en cuando una pila de piedras húme­das o los fragmentos de una pared en ruinas hacían aún más depresiva aquella atmósfera que los árboles deforma­dos y las colonias de hongos contribuían a crear. Al fin apareció un miserable conjunto de chozas, y los histéricos colonos corrieron a agruparse alrededor de las vacilantes linternas. El apagado golpear de los tam-tams se oía débil­mente a lo lejos, y la brisa traía muy de cuando en cuando un chillido que helaba la sangre. Un resplandor rojizo pa­recía filtrarse por entre el follaje pálido, más allá de las in­terminables avenidas de la noche selvática. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos los habi­tantes del lugar rehusaron avanzar un solo paso hacia la escena del culto maldito, de modo que el inspector Le­grasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin guías por aquellas negras arcadas de horror donde nin­guno de ellos había puesto el pie.

            La región en que ahora entraba la policía tenía tradi­cionalmente muy mala fama, y en su mayor parte no ha­bía sido explorada por-hombres blancos. Algunas leyen­das se referían a un lago secreto en que vivía una colosal e informe criatura, algo parecida a un pólipo y de ojos fos­forescentes, y, según los colonos, unos demonios de alas de murciélago salían a medianoche de sus cavernas para adorar al monstruo. Afirmaban que éste estaba allí desde antes de La Salle, de los indios, y aun de las bestias y los pájaros del bosque. Era una verdadera pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en sueños a los hombres, y eso bastaba para que éstos se mantuviesen ale­jados. La orgía vudú se desarrollaba en los límites extre­mos del área aborrecida, pero aun así el emplazamiento era bastante malo, y eso quizá había aterrorizado a los co­lonos más que los chillidos o incidentes.

            Sólo la poesía o la locura podían haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse mientras atravesaban lentamente el sombrío pantano, acercándose a la luz rojiza y a los apagados tam-tams. Hay una cuali­dad vocal propia de los hombres y una cualidad vocal propia de las bestias; y nada más terrible que oír una de ellas cuando el órgano de donde proviene debería emitir la otra. Una furia animal y una licencia orgiástica se exa­cerbaban allí hasta alcanzar alturas demoníacas con gritos y aullidos extáticos que retumbaban en los bosques tene­brosos como ráfagas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando cesaban los gritos y lo que parecía un coro de voces roncas entonaba aquella odiosa melopea:

 

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu

R'lyefi wgah'nagl fhtagn.

 

            Al fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso, y se encontraron de pronto en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto per­dió el conocimiento, y otros dos lanzaron un grito de ho­rror que, por suerte, fue apagado por el tumulto salvaje de la orgía. Legrasse roció con agua pantanosa el rostro del hombre desvanecido, y luego todos contemplaron el es­pectáculo fascinados por el horror.

            En un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de unas cuarenta áreas de extensión, desprovista de árboles, y bastante seca. Allí saltaba y se retorcía una horda de anormalidades humanas más indescriptibles que cualquiera de las que hubiese podido pintar un Sime o un Angarola. Sin ropas, esta híbrida muchedumbre bramaba, rugía y se contorsionaba alrededor de una hoguera circu­lar. De vez en cuando se abrían las cortinas de fuego y se podía distinguir en el centro un bloque de granito de unos dos metros y medio de alto, en cuya cima, incongruente por su pequeñez, se alzaba la funesta estatuilla. En diez cadalsos instalados a intervalos regulares en un ancho círculo que rodeaba la hoguera, con el monolito como centro, colgaban cabeza abajo los cuerpos extrañamente mutilados de los desaparecidos colonos. Dentro de este círculo saltaba y rugía el anillo de fieles, moviéndose de izquierda a derecha en una bacanal interminable entre el círculo de cadáveres y el círculo de fuego.

            Pudo haber sido sólo imaginación o pudo haber sido un simple eco, pero uno de los hombres, un impresiona­ble español, creyó oír que las invocaciones eran seguidas por unas respuestas antifonales que procedían de un le­jano y sombrío lugar, situado en lo más profundo de aquel bosque de leyenda. Este hombre, Joseph D. Gálvez, a quien más tarde encontré e interrogué, era desbordante­mente imaginativo. Llegó a decir que había oído el débil golpear de unas grandes alas y que había vislumbrado unos ojos luminosos y una enorme masa blanca detrás de los árboles más lejanos. Pero creo que estaba demasiado influido por las supersticiones locales.

            La inactividad de los hombres paralizados fue compa­rativamente de poca duración. El deber venció pronto to­das las dudas, y aunque los celebrantes debían de llegar al centenar, la policía, confiando en sus armas de fuego, irrumpió en medio de la horda. Durante cinco minutos el caos y el tumulto fueron indescriptibles. Hubo furiosos

golpes, disparos y huidas. Pero finalmente Legrasse pudo contar cuarenta y siete prisioneros, a los que obligó a ves­tirse rápidamente, y que rodeó de policías. Cinco de los celebrantes habían muerto, y otros dos, muy malheridos, fueron transportados por sus cómplices en improvisadas parihuelas. La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada por Legrasse.

            Examinados en el cuartel de la policía, luego de un viaje agotador, los prisioneros resultaron ser mestizos de muy baja ralea, y mentalmente débiles. Eran en su mayor parte marineros, y había algunos negros y mulatos, proce­dentes casi todos de las islas de Cabo Verde, que daban un cierto matiz vudú a aquel culto heterogéneo. Pero no se necesitaron muchas preguntas para comprobar que se tra­taba de algo más antiguo y profundo que un fetichismo africano. Aunque degradados e ignorantes, los prisioneros se mantuvieron fieles, con sorprendente consistencia, a la idea central de su aborrecible culto.

            Adoraban, dijeron, a los Grandes Antiguos, que eran muy anteriores al hombre y que habían llegado al joven mundo desde el cielo. Estos Antiguos se habían retirado ahora al interior de la tierra y al fondo del mar, pero sus cadáveres se habían comunicado en sueños con el primer hombre, quien inventó un culto que nunca había muerto. Éste era ese culto, y los prisioneros dijeron que había existido siempre y que siempre existiría, ocultándose en lejanías desiertas y lugares retirados hasta que el gran sa­cerdote Cthulhu saliese de su sombría morada en la ciu­dad submarina de R'lyeh para reinar otra vez sobre la Tie­rra. Algún día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada posición; y el culto secreto estaría allí, espe­rándolo.

            Mientras tanto no podían decir nada más. Se trataba de un secreto que ni la tortura podría arrancarles. La hu­manidad no era lo único consciente en la Tierra, pues ha­bía unas formas que emergían de la sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero éstas no eran los Grandes Anti­guos. Ningún ser humano había visto a los Antiguos. El ídolo de piedra representaba al gran Cthulhu, pero nadie podía decir si los otros eran o no como él. Nadie era ca­paz de descifrar ahora la antigua escritura; muchas cosas se transmitían oralmente. La invocación ritual no era el secreto. Éste no se comunicaba nunca en voz alta. El canto significaba: «En su casa de R'lyeh el desaparecido Cthulhu espera soñando».

            Sólo dos de los prisioneros fueron juzgados bastante cuerdos y se los ahorcó; el resto fue enviado a diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los crí­menes rituales, y afirmaron que los culpables de aquellas muertes eran los Alas-Negras, que habían venido hasta ellos desde su refugio inmemorial en el bosque encantado. Pero nada coherente se pudo saber de aquellos aliados misteriosos. Lo que la policía logró obtener salió en su mayor parte de un viejísimo mestizo llamado Castro, quien pretendía haber tocado puertos distantes y hablado con los jefes inmortales del culto en las montañas de China.

            El viejo Castro recordaba fragmentos de odiosas le­yendas que empequeñecían las especulaciones de los teó­sofos y hacían de nuestro mundo algo reciente y fugaz. En ciclos muy lejanos otros seres habían gobernado la Tierra. Habían vivido en grandes ciudades, y sus vestigios podían encontrarse aún -le habían dicho a Castro los in­mortales de China- en unas piedras ciclópeas de algunas islas del Pacífico. Habían muerto muchísimo antes de la aparición del hombre, pero había artes que podrían revi­virlos cuando los astros volvieran a ocupar su justa posi­ción en los cielos de la eternidad. Estos seres, indudable­mente, procedían de las estrellas y habían traído sus imágenes con ellos.

            Estos Grandes Antiguos, continuó Castro, no eran de carne y hueso. Tenían forma —¿no lo probaba acaso esta imagen estelar? —, pero esa forma no era material. Cuando las estrellas eran propicias iban de mundo en mundo a través del cielo; pero cuando eran desfavorables, no po­dían vivir. Pero aunque ya no viviesen, no habían muerto en realidad. Yacían todos en casas de piedras en la gran ciu­dad de R'lyeh, preservada por los sortilegios del gran Cthulhu para el día en que las estrellas y la Tierra pudie­sen recibir su gloriosa resurrección. Pero en esa época, al­guna fuerza exterior debía ayudar a la liberación de sus cuerpos. Los conjuros que impedían que se descompusie­ran impedían también que se moviesen, y los Antiguos te­nían que contentarse con yacer y pensar en la oscuridad mientras transcurrían millones de años. Conocían todo lo que ocurría en el mundo, pues su lenguaje consistía en la transmisión del pensamiento. En ese mismo instante ha­blaban en sus tumbas. Cuando, luego de un caos infinito, aparecieron los primeros hombres, los Grandes Antiguos hablaron a los más sensibles moldeándoles los sueños.

            Aquellos primeros hombres, murmuró Castro, esta­blecieron el culto con que se adoraba a los ídolos de los Grandes Antiguos; ídolos traídos de estrellas oscuras en una época infinitamente lejana. Ese culto no moriría hasta que las estrellas volvieran a ser favorables. Los sacerdotes sacarían entonces al gran Cthulhu de su tumba para que reviviese a sus vasallos y volviera a asumir su reinado en la Tierra. Ese tiempo sería fácil de conocer, pues entonces la humanidad se parecería a los Grandes Antiguos: salvaje y libre, más allá del bien y del mal, sin moral y sin ley. Y todos los hombres gritarían y matarían, y gozarían alegre­mente. Los Antiguos, liberados, enseñarían nuevos mo­dos de gritar y matar y gozar, y el mundo entero ardería en un holocausto de libertad y éxtasis. Mientras tanto, el culto, con apropiados ritos, debía conservar el recuerdo de aquellos días antiguos y presagiar su retorno.

            En los primeros tiempos algunos hombres escogidos habían hablado en sueños con aquellos seres, pero luego algo había pasado. La gran ciudad de piedra de R'lyeh, con sus monolitos y sepulcros, se había hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos, con ese misterio primige­nio en que nadie había pensado ni siquiera en penetrar, habían interrumpido esas citas espectrales. Pero los re­cuerdos no morían, y los altos sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables la ciudad volvería a la superficie. Entonces los viejos espíritus de la Tierra, mo­hosos y sombríos, saldrían de sus subterráneos y propaga­ría los rumores recogidos allá, en los olvidados fondos del océano. Pero de ellos el viejo Castro no se atrevía a hablar. Se interrumpió de pronto y ni la persuasión ni las sutilezas pudieron arrancarle otras informaciones. Tam­poco quiso mencionar, curiosamente, el tamaño de los Antiguos. En cuanto al culto, afirmó que su centro debía de encontrarse en los desiertos intransitados de Arabia, donde Irem, la ciudad de los Pilares, sueña aún intacta y secreta. No tenía relación alguna con la brujería europea, y sólo era conocido por sus miembros. Ningún libro aludía a él, aunque los chinos inmortales decían que en el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred había un sentido oculto que el iniciado podía interpretar de muy diversas maneras, especialmente en el tan discutido dístico:

 

No está muerto quien puede yacer eternamente,

y con el paso de los años la misma muerte puede morir.

 

            Legrasse, profundamente impresionado, y no poco in­trigado, había buscado sin éxito las filiaciones históricas del culto. Castro, aparentemente, había dicho la verdad al afirmar que era un secreto. Las autoridades de la Universi­dad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna sobre el culto o la imagen, y ahora recurría a las mayores autorida­des y se encontraba nada menos que con el episodio de Groenlandia del profesor Webb.

            El ferviente interés que despertó el relato de Legrasse, corroborado por la presencia de la estatuilla, tuvo algún eco en las cartas que intercambiaron luego los miembros del congreso; pero apenas hay alguna mención en el in­forme oficial. La prudencia es preocupación primordial de aquellos que se enfrentan a menudo con la charlatane­ría y la impostura. Legrasse prestó durante un tiempo la estatua al profesor Webb, pero a la muerte de este último le fue devuelta, y está desde entonces en su casa. Allí la he visto no hace mucho tiempo. Es de veras algo estremece­dor, e indiscutiblemente parecida a la escultura labrada en sueños por el joven Wilcox.

            No me asombró que mi tío se hubiese excitado con el relato del joven. ¿Qué pudo pensar al saber, ya enterado de la información recogida por Legrasse, que un joven sensible no sólo había soñado la figura y los jeroglíficos de las imágenes del pantano y de Groenlandia, sino que tam­bién había oído en sueños tres de las palabras de la fór­mula repetida por los maestros de Luisiana y los diabóli­cos esquimales? Era natural que el profesor Angell hubiese iniciado instantáneamente una minuciosa investi­gación, aunque yo en mi fuero interno sospechaba que el joven Wilcox había oído hablar del culto, y había inven­tado una serie de sueños para acrecentar el misterio ante los ojos de mi tío. El relato de los otros sueños y los re­cortes coleccionados por el profesor parecían corroborar la historia del joven; pero mi bien fundado racionalismo y la total extravagancia del asunto me llevaron a adoptar las conclusiones que estimé más razonables. De modo que, después de estudiar otra vez el manuscrito y compa­rar las notas teosóficas y antropológicas con la descrip­ción que del culto había hecho Legrasse, viajé a Provi­dente para ver al escultor e increparle por haberse burlado de tal modo de un sabio anciano.

            Wilcox vivía aún, solo, en el Fleur de Lys de Thomas Street, desagradable imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII La fachada de estuco del hotel lucía ostentosamente entre las encantadoras casas colo­niales y a la sombra del más hermoso campanario geor­giano que pueda verse en América. Encontré a Wilcox en sus habitaciones, sumido en su labor, y comprendí en se­guida, por las piezas que lo rodeaban, que su genio era profundo y auténtico. Creo que durante un tiempo Wil­cox figurará entre los grandes decadentes; pues ha crista­lizado en arcilla, y reflejará un día en mármol, esas pesa­dillas y fantasías evocadas en prosa por Arthur Machen y que Clark Ashton Smith ha hecho visibles en versos y pinturas.

            Moreno, frágil y de un aspecto un poco descuidado, Wilcox se volvió lánguidamente y sin dejar su silla me preguntó qué deseaba. Cuando le dije quién era, mani­festó un cierto interés, pues mi tío había excitado su cu­riosidad al examinar sus raros sueños, aunque sin explicar las razones de ese examen. Sin sacarlo de su ignorancia, traté prudentemente de hacerle hablar.

            Poco tiempo me bastó para convencerme de que era absolutamente sincero; hablaba de sus sueños de un modo inequívoco. Esos sueños, y su residuo subconsciente, ha­bían influido profundamente en su arte, y me mostró una estatua mórbida cuyo modelado me estremeció, casi, por la fuerza de su oscura sugestión. No recordaba haber visto el original, excepto en el bajorrelieve creado durante un sueño, pero los contornos se habían formado insensible­mente bajo sus manos. Era, sin duda, la forma gigantesca de la que había hablado en su delirio. Comprobé muy pronto que no sabía nada del culto, salvo lo que el cons­tante interrogatorio de mi tío había dejado escapar, y traté otra vez de concebir de qué modo podía haber reci­bido esas impresiones sobrenaturales.

            Hablaba de sus sueños de un modo extrañamente poético, haciéndome ver con terrible claridad la ciudad ci­clópea de piedra verde y musgosa, “cuya geometría —añadió curiosamente— era totalmente errónea”, y oí otra vez con un temor expectante la subterránea llamada mental: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn.

            Estas palabras figuraban en la temible invocación que evocaba el sueño-vigilia de Cthulhu en su bóveda de pie­dra de R'lyeh, y a pesar de mis racionales ideas me sentí profundamente perturbado. Wilcox, era indudable, había oído hablar casualmente del culto, y lo había olvidado en seguida en la masa de sus lecturas y concepciones igual­mente fantásticas. Más tarde, en virtud de su impresiona­ble carácter, el culto había encontrado un modo de expre­sión subconsciente en los sueños, el bajorrelieve de arcilla y la estatua que yo estaba ahora contemplando. De modo que la superchería había sido involuntaria. El joven tenía unos modales un poco afectados, y un poco vulgares, que me desagradaban de veras; pero yo ya estaba dispuesto a admitir tanto su genio como su honestidad. Me despedí amablemente, y le deseé todo el éxito que su talento pro­metía.

            El asunto del culto continuó fascinándome y a veces imaginaba poder adquirir un gran renombre investigando su origen y relaciones. Visité Nueva Orleáns, hablé con Legrasse y otros de los que habían participado en aquella expedición, examiné la estatuilla, y hasta interrogué a los prisioneros que todavía vivían. El viejo Castro, por des­gracia, había muerto hacía varios años. Lo que escuché en­tonces de viva voz, aunque no fue más que una confirma­ción detallada de los escritos de mi tío, acrecentó mi interés, y tuve la seguridad de estar sobre la pista de una religión muy antigua y secreta cuyo descubrimiento me convertiría en un antropólogo de nota. Mi actitud era aún entonces absolutamente materialista, como aún quisiera que lo fuese, y por una inexplicable perversidad mental re­chacé la coincidencia de los sueños y los recortes colec­cionados por el profesor Angell.

            Hubo algo, sin embargo, que comencé a sospechar y que ahora creo saber: la muerte de mi tío no fue nada na­tural. Cayó al suelo en la colina, en una de las estrechas callejuelas que partían de unos muelles donde abundaban los mestizos extranjeros, luego del descuidado empujón de un marinero de tez oscura. Yo no había olvidado que los oficiantes de Luisiana se distinguían por la mezcla de sangres y sus intereses marinos, y no me hubiera sorpren­dido conocer la existencia de agujas venenosas y métodos criminales secretos tan faltos de piedad como aquellas creencias y ritos misteriosos. Legrasse y sus hombres, es cierto, no habían sido molestados; pero en Noruega aca­baba de morir un marino que veía cosas. ¿No pudieron haber llegado a oídos siniestros las investigaciones realiza­das por mi tío después de encontrarse con el escultor? Creo hoy que el profesor Angell murió porque sabía o quería saber demasiado. Es posible que me espere un fin semejante, pues yo también he aprendido mucho.

Tags: H.P. Lovecraft, La llamada de Cthulu, historias, libro, terror, novela

Publicado por black_rossen @ 12:59 PM  | H. P. Lovecraft
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