Al fin descubrimos la entrada que buscábamos: un arco de dos metros de anchura y tres de alto, extremo de un puente que se alzaba a un metro y medio de la capa
de hielo. El pasaje daba a un piso superior que todavía existía. El edificio accesible estaba formado por una serie de terrazas rectangulares situadas a nuestra izquierda y que miraban al oeste. Del otro lado de la avenida, en el extremo opuesto del puente, se veía un decrépito cilindro sin ventanas y con un curioso abultamiento a unos tres metros por encima del arco. El interior era muy sombrío, y la abertura parecía dar a un pozo de profundidad incalculable.
Un montón de escombros facilitaba el acceso al edificio situado a nuestra izquierda, pero dudamos un instante antes de aceptar esta ocasión tan deseada. Pues aunque nos hubiésemos atrevido a penetrar en este arcaico laberinto, era necesario tener más audacia aún para deslizarnos en el interior de una de las casas. La naturaleza terrorífica de este mundo era cada vez más evidente. Al fin, sin embargo, nos hicimos de coraje y entramos por la abertura. Nos encontramos en una habitación de suelo ajedrezado que parecía la antesala de otra larga habitación de muros esculpidos.
Observamos que en la habitación se abrían numerosos pasajes, y comprendiendo que la distribución de los cuartos podía ser de una complejidad excesiva, decidimos recurrir a los trozos de papel. Hasta ese instante nos habían bastado las brújulas, junto con frecuentes ojeadas a las cimas que asomaban entre las torres; pero desde ahora tendríamos que recurrir a algo más. Cortamos por lo tanto nuestra provisión de papel en trozos de tamaño conveniente, los colocamos en un saco que llevaría Danforth, y nos dispusimos a usarlos con toda la economía posible. Este método evitaría sin duda que nos extraviásemos, pues en el interior de la casa no parecía haber corrientes de aire. Si no fuese así, o se nos terminara la provisión de papel, recurriríamos al método de marcar las rocas.
Era imposible adivinar cuánto andaríamos. Las conexiones que unían tan frecuentemente los distintos edificios hacían suponer que pasaríamos de uno a otro por puentes situados bajo la capa de hielo. Ésta, en apariencia, apenas había penetrado en las macizas construcciones. A través del hielo transparente habíamos visto que casi no había ventanas abiertas, como si la ciudad hubiese sido abandonada voluntariamente en ese estado cuando la capa de hielo comenzó a cristalizar las partes más bajas. ¿Se había previsto la llegada del hielo, y la población se había retirado en busca de un refugio más apropiado? Era imposible saber por ahora cómo se había formado esa capa helada. Quizá tenía como origen la presión acumulada de la nieve; o las aguas, fuera de cauce, del río vecino; o el descenso de algún glaciar de la cordillera. Todo era posible en este lugar.
6
Sería realmente excesivo dar un relato detallado y completo de nuestras andanzas por el interior de aquella abandonada y cavernosa colmena; aquel cubil monstruoso de secretos primitivos cuyos ecos se alzaban ahora por primera vez después de innumerables años de silencio, ante las pisadas de unos seres humanos. Esto es especialmente cierto a causa de que la horrible revelación surgió del mero estudio de los muros esculpidos. Las fotografías serán por eso muy útiles para probar la verdad de mis afirmaciones. Lamentablemente, no disponíamos de mucha película virgen. Cuando se nos terminó, nos contentamos con dibujar en nuestras libretas algunos de los bajorrelieves más notables.
El edificio en que habíamos entrado era de gran tamaño y complejidad, y nos dio una singular idea de la arquitectura de aquel anónimo pasado. Las paredes interiores eran menos macizas que las exteriores, pero en los pisos más bajos se habían conservado muy bien. Era aquél un verdadero laberinto, con diferencias curiosamente irregulares entre un piso y otro, y sin aquellos pedazos de papel, sin duda nos habríamos extraviado. Decidimos explorar ante todo las partes superiores más dañadas; una ascensión de treinta metros nos llevó a la cima del edificio. Allí una hilera de cuartos sin techo y cubiertos de nieve se abría bajo el cielo polar. Llegamos a esa cima por medio de rampas o planos inclinados que hacían en todas partes las veces de escaleras. Los cuartos tenían las formas y proporciones más variadas: estrellas de cinco puntas, triángulos y cubos perfectos. Todos medían, generalmente, nueve metros por nueve de superficie, y unos seis metros de altura. Había sin embargo habitaciones mayores. Después de examinar cuidadosamente las partes más elevadas, descendimos, piso por piso, a los cuartos inferiores y nos encontramos en una verdadera confusión de salones y pasillos unidos entre sí, que cubría sin duda un área superior a la del edificio mismo. Las proporciones ciclópeas de todo aquello se hicieron muy pronto curiosamente opresivas. Había algo de profundamente inhumano en los contornos, la decoración y las sutilezas arquitectónicas de esta construcción de monstruosa antigüedad. El estudio de las esculturas nos reveló muy pronto que el laberinto tenía varios millones de años de existencia.
Aún hoy me es imposible explicar qué principios mecánicos presidían el equilibrio y la disposición de aquellas ,vastas masas de roca; aunque los constructores habían recurrido frecuentemente a los principios del arco. Los cuartos que visitamos estaban totalmente desprovistos de muebles, circunstancia que parecía probar que la ciudad había sido abandonada voluntariamente. El motivo principal de decoración eran aquellas esculturas esculpidas en casi todos los muros. Estaban dispuestas, generalmente, en bandas horizontales de casi un metro de ancho, que alternaban con otras bandas de tamaño similar y de arabes
cos geométricos. A menudo, sin embargo, en las bandas de arabescos se habían incluido unas cartelas lisas con unos curiosos grupos de puntos.
La técnica, como comprobamos en seguida, era de una rara perfección, y revelaba una civilización desarrollada hasta el más alto grado, aunque totalmente ajena a la tradición artística de la raza humana. En delicadeza de ejecución ninguna escultura de las que yo había visto hasta entonces podía equiparársele. Los menores detalles de la vida vegetal o animal habían sido reproducidos con una fidelidad prodigiosa, a pesar de la vastedad de la escala, y los dibujos convencionales eran maravillas de compleja delicadeza. En los arabescos se advertía un uso profundo de principios matemáticos, y consistían en curvas y ángulos oscuramente simétricos basados en el número cinco. Las esculturas, ejecutadas según una muy curiosa perspectiva, eran de un vigor tal que nos conmovieron profundamente a pesar del abismo de años que las separaba de nuestra época. La técnica se basaba en una singular disposición de la sección transversal con la silueta de dos dimensiones, y revelaba una psicología analítica desconocida para todos los pueblos de la antigüedad. Es inútil comparar este arte con cualquiera de los representados en nuestros museos. Los que vean las fotografías le encontrarán una cierta similitud con el de algunos futuristas.
Los arabescos consistían en unos surcos grabados cuya profundidad, en las piedras no desgastadas por la erosión, era de unos tres a cinco centímetros. Las cartelas adornadas de grupos de puntos -evidentemente inscripciones en un alfabeto desconocido- formaban unas depresiones de unos cuatro centímetros, y los puntos de dos. El fondo de las esculturas era un bajorrelieve, a unos cinco centímetros de la superficie original de la pared. En algunos casos podían notarse ciertas huellas de color, aunque en la mayor parte el tiempo había borrado todo pigmento. Cuanto más se estudiaba la técnica de esas esculturas, tanto mas se las admiraba. Por encima de las convenciones, muy estrictas, era posible distinguir la habilidad y el minucioso poder de observación del creador, y en verdad las convenciones mismas servían para acentuar la esencia real de cada uno de los objetos representados. Sentimos, también, que fuera de esas reconocibles excelencias había otras que superaban los límites de nuestra percepción. Ciertos signos, aquí y allí, insinuaban unos símbolos y significaciones que para otras mentes y otros sentidos debían tener un profundo y expresivo valor.
El tema de esas esculturas era sin duda la vida en la época en que habían sido creadas, y se referían en gran parte a acontecimientos históricos. Esta última y peculiar circunstancia nos daba la posibilidad de informarnos acerca de aquella raza antiquísima, y por ese motivo nos dedicamos principalmente a fotografiar y a dibujar. En algunas de las habitaciones había varios mapas y cartas astronómicas, y otros dibujos científicos a gran escala; todos corroboraban terriblemente la verdad de lo que habíamos creído ver en las estatuas y frisos. Hoy sólo puedo esperar que mis relatos no despierten una curiosidad más grande que toda precaución. Sería realmente trágico que alguien osara visitar ese reino de muerte y horror impulsado por esta misma advertencia.
En los muros esculpidos se abrían grandes ventanas y puertas macizas de tres metros y medio de altura; unas y otras conservaban a veces sus paneles y persianas de madera petrificada -esculpida y pulida minuciosamente-. Todas las partes metálicas habían desaparecido, pero las puertas se mantenían en algunos casos en su lugar y tuvimos que hacerlas a un lado. En las ventanas era posible advertir de cuando en cuando la presencia de un curioso material transparente. Había también algunos nichos de gran tamaño, generalmente vacíos, pero que a veces guardaban unos objetos de esteatita. Los otros orificios formaban parte sin duda de sistemas de iluminación y ventilación acerca de los cuales las esculturas nos habían dado una vaga idea. Los cielos rasos eran comúnmente lisos, pero en algunos había habido unas losas de esteatita verde ahora en el suelo. Los suelos estaban también adornados con esas losas, aunque predominaba la piedra desnuda.
Como he dicho, faltaban todos los muebles: pero las esculturas se referían a unos extraños aparatos que habían llenado una vez estas salas donde resonaban ahora los ecos de las tumbas. Por encima del nivel de la capa de hielo los picos estaban generalmente cubiertos de detritos y restos de toda especie; pero más abajo apenas había obstáculos. Los cuartos y pasillos inferiores tenían sólo una capa de polvo, y a veces daban la impresión de haber sido barridos no hacía mucho. Como es natural, donde había habido algún derrumbe los cuartos inferiores estaban tan cubiertos de escombros como los superiores. Un patio central -como en otros edificios que habíamos vislumbrado desde el aire- evitaba que en las habitaciones interiores reinasen las sombras. En las salas altas, por lo tanto, apenas teníamos que usar nuestras linternas, salvo para estudiar los detalles de las esculturas. Pero bajo la capa de hielo escaseaba la luz, y en los pisos inferiores había una oscuridad absoluta.
Para dar aunque sea una idea rudimentaria de nuestros pensamientos y sensaciones al penetrar en este laberinto, vacío y silencioso desde hacía millones de años, tendría que describir un increíble caos de impresiones y recuerdos fugaces. La antigüedad aterradora y la mortal desolación del lugar hubiesen abrumado a cualquier persona sensitiva; pero es necesario añadir los inexplicables horrores del campamento, y las revelaciones que nos proporcionaron demasiado pronto las terribles esculturas murales. En el mismo instante en que llegábamos a una sección perfectamente conservada, comprendimos la horrorosa verdad, una verdad que Danforth y yo habíamos sospechado, es cierto, independientemente, pero que no
nos habíamos atrevido a insinuar en voz alta. No pudimos tener ya ninguna duda misericordiosa acerca de la naturaleza de los seres que habían construido y habitado esta ciudad hacía millones de años, cuando los antecesores del hombre eran aún mamíferos primitivos, y los enormes dinosaurios se paseaban por las estepas tropicales de Asia y Europa.
Habíamos insistido en pensar hasta entonces, y para nosotros mismos, que la constante presencia del motivo de las cinco puntas tenía un único significado: la exaltación cultural o religiosa de un objeto natural arqueano de forma similar. Así el motivo principal del arte decorativo en la Creta micénica había sido la figura de un toro, el de Egipto la de un escarabajo, el de Roma las de un lobo y un águila, y el de las tribus salvajes las de algún animal totémico. Pero ahora nos veíamos obligados a enfrentarnos con una idea que el lector de estas páginas ya ha sospechado probablemente. Apenas- me atrevo a transcribirla en negro sobre blanco, pero quizá no tenga que hacerlo.
Las criaturas que habían habitado y construido esta terrible ciudad en la edad de los dinosaurios no eran ciertamente dinosaurios, sino algo peor. Los dinosaurios eran una raza joven, desprovista de inteligencia; pero los constructores de la ciudad eran sabios y viejos, y habían dejado ciertas huellas en rocas que databan de mil millones de años atrás. En esa época la única vida terrestre era unas agrupaciones celulares, y no existía en realidad una verdadera vida. Estas criaturas tenían que ser los hacedores y los amos de esa vida, y en ellos se habían originado sin duda aquellos mitos a los que se refieren obras como los Manuscritos Pnakóticos y el Necronomicon. Eran éstos los «Grandes Antiguos», que habían descendido de las estrellas cuando la Tierra era joven; seres cuya sustancia se había formado a través de una misteriosa evolución, y cuyos poderes no parecían tener límites. Y pensar que la víspera Danforth y yo habíamos contemplado unos fragmentos de esa sustancia, y que el pobre Lake y sus compañeros habían visto sus cuerpos intactos.
Me es naturalmente imposible narrar en su orden las etapas que recorrimos antes de llegar a nuestro conocimiento actual de ese monstruoso capítulo de la vida prehumana. Luego del aturdimiento de la primera revelación, tuvimos que descansar un rato, y ya eran las tres de la tarde cuando iniciamos nuestra investigación sistemática. Las esculturas del edificio pertenecían a una edad relativamente tardía -quizá de hacía dos millones de años- a juzgar por los datos biológicos, geológicos y astronómicos que proporcionaban, y eran de un estilo que podría llamarse decadente por comparación con las obras que encontramos en edificios más viejos luego de cruzar unos puentes sumergidos. Uno de esos edificios, labrado en la misma roca, tenía una antigüedad de por lo menos cincuenta millones de años -o sea del eoceno inferior o el cretáceo superior- y contenía unos bajorrelieves de calidad excepcional.
Si no fuese por las fotografías, que pronto serán conocidas por todo el mundo, me resistiría a hablar de mis descubrimientos, ya que corro el peligro de que me encierren en un manicomio. Por supuesto, las partes más antiguas de la historia que alcanzamos a descifrar -y que representaban la vida preterrestre de los seres de cabeza de estrella en otros planetas, otras galaxias y otros universos- pueden ser interpretadas con facilidad como cuentos mitológicos de estos mismos seres: pero tales fragmentos incluían a veces mapas y diagramas tan increíblemente similares a los últimos descubrimientos de la matemática y la astrofísica que yo apenas sabía qué pensar. Dejaré que otros decidan cuando aparezcan las fotografías.
Como es natural, cada uno de los grupos de esculturas con que nos encontrábamos relataba sólo una fracción de la historia, y ésta sólo pudo ser reconstruida más tarde. Algunas de aquellas salas describían episodios indepen1 dientes, mientras que en otros casos una crónica ininterrumpida se sucedía de habitación en habitación y de corredor en corredor. Los mejores mapas y diagramas se encontraban en una habitación abismal, situada muy por debajo del viejo nivel del suelo: una caverna de unos sesenta metros cuadrados y de unos veinte metros de altura que tenía que haber servido como centro educativo. En las distintas habitaciones y edificios había repeticiones exasperantes, y algunos capítulos de la historia eran sin duda los favoritos de los artistas y los ocupantes de la casa. A veces, sin embargo, varias versiones del mismo tema servían para llenar lagunas y aclarar puntos oscuros.
Me maravilla aún que hayamos podido descubrir tantas cosas en tan poco tiempo. Por supuesto, todavía ahora no tenemos más que una idea muy general, y nuestras informaciones más precisas fueron obtenidas gracias al estudio posterior de las fotografías y los croquis. La actual depresión nerviosa de Danforth pudo tener como causa este estudio -los recuerdos de aquellas escenas y de la impresión que causaron en nosotros- y aquel supuesto- horror que no ha querido revelar. Pero este estudio era indispensable; no podríamos hacer la menor advertencia sin dar toda la información posible, y esa advertencia es sin duda de una imperiosa necesidad. Ciertas influencias todavía presentes en esa Antártida, donde el tiempo y las leyes de la naturaleza parecen sufrir una extraña deformación, nos han convencido de que debemos desanimar a todos los posibles exploradores.
7
Todo lo que sabemos Danforth y yo aparecerá próximamente en el boletín oficial de la Universidad de Miskatonic. Así que me contentaré con esbozar aquí nada más que lo principal. Mito o realidad, las esculturas narran la llegada a la Tierra todavía sin vida de esos seres de cabeza de estrella y de otros que de cuando en cuando se deciden a explorar el universo. Aparentemente son capaces de atravesar el espacio interestelar con la ayuda de sus grandes alas membranosas, y se confirma así la historia que me narró hace años un colega universitario. Durante un tiempo vivieron en las profundidades del mar, construyendo ciudades fantásticas y librando feroces batallas con enemigos anónimos mediante el empleo de complicados aparatos que usaban principios desconocidos de energía. Evidentemente, sus conocimientos mecánicos y científicos sobrepasaban a los del hombre actual, aunque recurrían a sus aplicaciones más elaboradas sólo cuando se veían obligados a ello. Algunas de las esculturas sugerían que en algún lejano planeta habían pasado por una era mecánica, abandonada más tarde por ser emocionalmente insatisfactoria. Gracias a la resistencia de sus órganos y la simplicidad de sus necesidades naturales podían llevar una vida del más alto nivel sin el auxilio de la manufactura especializada.
En el mar, primero para alimentarse y luego con otros propósitos, crearon las formas originales de la vida terrestre a partir de sustancias que conocían desde hacía mucho tiempo. Luego de haber aniquilado a varios enemigos cósmicos se dedicaron a los experimentos más complicados. Habían hecho lo mismo en otros planetas, no contentándose solamente con elaborar alimentos, sino también ciertas masas protoplásmicas capaces de transformar sus tejidos en toda clase de órganos bajo influencias hipnóticas. Estas masas eran así perfectos esclavos, encargados de las labores más pesadas. (Se trataba sin duda de las criaturas viscosas que Abdul Alhazred llama Ksoggoths» en su terrible. Necronomicon, aunque aquel árabe loco no insinuó jamás que hubiesen existido en la Tierra, excepto en los sueños de quienes masticaban cierta hierba alcaloidea.) Cuando los Antiguos de cabeza de estrella lograron sin-
tetizar sus principales alimentos y difundieron por el mundo un buen número de soggoths, dejaron que otros grupos celulares evolucionaran libremente, eliminando a aquellos que podían traer dificultades.
Con la ayuda de los soggoths, capaces de levantar pesos prodigiosos, las pequeñas ciudades submarinas se transformaron pronto en vastos e imponentes laberintos de piedra, no muy distintos de los que más tarde fueron construidos en la superficie. Los Antiguos habían llevado durante largo tiempo, en otros planetas, una vida terrestre, y sabían cómo construir en tierra firme. Mientras estudiábamos la arquitectura de esas ciudades paleógenas, incluso la de aquella cuyos corredores habíamos visitado, nos impresionó una curiosa coincidencia que hasta entonces no habíamos tratado de explicar. Las cimas de las casas, que en la ciudad antártica habían desaparecido hacía ya mucho tiempo, aparecían en los bajorrelieves con finas agujas, delicados ápices piramidales y cónicos, y terminaciones cilíndricas coronadas por discos horizontales. Esto es exactamente lo que había mostrado aquel espejismo nacido de una ciudad donde esos adornos existían desde hacía miles de años.
De la vida de los Antiguos, tanto en el mar como en la tierra, podrían escribirse volúmenes. Aquellos que vivían en el agua habían conservado el uso de los ojos (situados en las puntas de los cinco tentáculos de la cabeza), y habían cultivado las artes de la escultura y la escritura casi como los terrestres. La escritura se practicaba con un estilete en superficies blandas e impermeables. Los que vivían en los abismos, aunque dotados de un curioso órgano fosforescente para darse luz, completaban su visión con unos sentidos muy especiales situados bajo el vello prismático de la cabeza. Con estos sentidos podían prescindir de la luz. En las formas de la escultura y la escritura había variantes que implicaban diversos procesos químicos -probablemente para dar a los objetos una luz fosforescente que los bajorrelieves no aclaraban del todo. Estas criaturas se movían en el agua en parte nadando -con la ayuda de los brazos laterales- y en parte arrastrándose sobre los tentáculos inferiores. Ocasionalmente recurrían al uso auxiliar de dos o más pares de aquellas alas plegables. En tierra usaban los tentáculos, pero de cuando en cuando volaban a grandes alturas y cubrían largas distancias ayudados por las alas. Las terminaciones de los brazos eran infinitamente delicadas, flexibles, fuertes y precisas, y cumplían hábilmente cualquier operación artística o manual.
La solidez de sus cuerpos era casi increíble. Ni siquiera las enormes presiones submarinas alcanzaban a causarles daño. Muy pocos parecían morir, excepto por causa violenta, y no había cementerios. El hecho de que enterraran los cadáveres -inhumados verticalmente- bajo túmulos de cinco puntas despertó en Danforth y en mí una horrorosa asociación de ideas. Se multiplicaban por medio de esporas como vegetales pteridolitos, pero, debido a su prodigiosa resistencia y longevidad, no preconizaban el desarrollo de otros protalos excepto cuando había nuevas tierras que colonizar. Los jóvenes maduraban rápidamente y recibían una educación cuya naturaleza era difícil concebir. La vida intelectual y estética estaba muy desarrollada, y daba como resultado la tenaz persistencia de unas costumbres e instituciones que describiré con mayor abundancia en mi próxima monografía. Ellas variaban de acuerdo con el lugar de residencia -tierra o mar-, pero eran esencialmente idénticas.
Aunque capaces, como los vegetales, de alimentarse de sustancias inorgánicas, eran preferentemente carnívoros. En el mar comían animales marinos crudos, pero en tierra cocinaban sus alimentos. Cazaban animales salvajes y criaban ganado, y mataban a unos y otros con unas armas cuyas curiosas huellas, en ciertos huesos fósiles, ya habían sido advertidas por nuestra expedición. Resistían maravillosamente todas las temperaturas, y podían vivir en el agua helada. Sin embargo, cuando llegaron los grandes fríos del pleistoceno -hace un millón de años- los que habitaban en tierra firme tuvieron que recurrir a medidas especiales -incluso métodos de calefacción-, hasta que al fin la temperatura los obligó a refugiarse en el mar. En la época de sus luchas prehistóricas en el espacio, decía la leyenda, eran capaces de absorber ciertas sustancias químicas, libres de las necesidades y condiciones naturales; pero en el tiempo de los grandes fríos habían olvidado cómo hacerlo. De cualquier modo, no hubiesen podido prolongar ese estado artificial indefinidamente sin sufrir daño.
Como no se acoplaban, y eran de estructura semivegetal, carecían de toda vida familiar basada en leyes biológicas; pero organizaban vastos habitáculos en los que se agrupaban -según dedujimos de las ocupaciones y diversiones que mostraban las esculturas- de acuerdo con su afinidad mental. Al amueblar las habitaciones instalaban todo en el centro, y reservaban los muros para la decoración. La luz, en tierra firme, era obtenida por medio de un dispositivo de naturaleza probablemente electroquímica. Tanto en tierra como en el mar usaban curiosas mesas, sillas y cilindros donde descansaban de pie, con los tentáculos plegados, y unos estantes donde alineaban las planchas punteadas que eran sus libros.
El sistema de gobierno era evidentemente complejo, y de estructura quizá socialista, aunque las esculturas que vimos no permiten afirmarlo con seguridad. Había un comercio abundante, tanto local como entre los diferentes centros poblados, y unas piedrecitas de esteatita verde, de forma de estrella e inscritas, servían de dinero. Aunque la cultura era principalmente urbana, existían también una ganadería y una agricultura florecientes. Había además, aunque en una escala menor, industria minera y manufacturera. Los viajes eran muy comunes, pero no se realizaban migraciones salvo con motivo de vastos movimientos de colonización. No usaban ningún medio de transporte, pues tanto en el agua como en la tierra y el aire parecían capaces de desarrollar por sus propios medios una gran velocidad. Sin embargo, las cargas eran transportadas por bestias: soggoths bajo el agua, y una gran variedad de vertebrados primitivos en los últimos años pasados en tierra firme.
Estos vertebrados, lo mismo que una infinidad de otras formas de vida -animal, vegetal, marina, terrestre y aérea-, eran producto de una evolución no dirigida que actuaba sobre las células creadas por los Grandes Antiguos. Se había permitido que se desarrollaran libremente por no haberse rebelado nunca contra sus amos. Los organismos de difícil dominación, como es natural, fueron exterminados mecánicamente. Nos llamó la atención ver que en las últimas y más decadentes esculturas aparecían unos mamíferos usados a veces como alimento y otras como divertidos bufones, y cuyos rasgos simiescos y humanos eran indudables. En la construcción de las ciudades terrestres los grandes bloques de piedra de los edificios habían sido alzados generalmente por pterodáctilos de una especie desconocida para nuestros paleontólogos.
El modo como los Antiguos sobrevivieron a diversos cambios geológicos y a las convulsiones de la corteza terrestre era casi un milagro. Aunque ninguna de sus primeras ciudades había llegado a la edad arqueana, ni la civilización ni la transmisión de los registros se habían interrumpido. En un principio, recién llegados al planeta, se habían instalado en el océano Antártico, poco tiempo después de que la materia de que está formada la Luna hubiese sido arrancada al Pacífico Sur. En esa época, según un bajorrelieve, todo el globo terrestre estaba bajo el agua, y las ciudades de piedra se extendían más y más alrededor de la Antártida. En otro mapa se veía una gran extensión de terreno alrededor del Polo Sur, donde algunos de los seres se habían instalado en forma experimental, aunque los centros principales habían sido transferidos al fondo del mar más próximo. Mapas posteriores, que mostraban la tierra como hendida y flotante, con ciertas partes que iban hacia el norte, apoyaban de un modo asombroso las teorías sobre la migración de los continentes sostenida entre nosotros por Taylor, Wegener y Joly.
Con la aparición de un nuevo continente en el Pacífico sobrevinieron tremendos acontecimientos. Algunas de las ciudades marinas fueron destruidas, pero eso no fue lo peor. Otra raza (formada por criaturas similares a pulpos y que pertenecía quizá a la progenie de Cthulhu) descendió de la infinitud cósmica y desencadenó una guerra que por un tiempo hizo que todos los Antiguos tuvieran que esconderse en el fondo del mar: golpe terrible si se tiene en cuenta que las colonias terrestres eran cada vez más numerosas. Más tarde se llegó a un acuerdo y la progenie Cthulhu se refugió en las tierras nuevas mientras que los Antiguos se reservaban el océano y las tierras de más edad. Fueron fundadas nuevas ciudades en tierra firme; la mayoría en la Antártida, pues esta región era sagrada en virtud de que en ella habían puesto pie por primera vez en el planeta. Desde entonces la Antártida fue el centro de la civilización de los Antiguos, y todas las ciudades construidas allí por la progenie de Cthulhu desaparecieron. Luego, de pronto, las tierras del Pacífico volvieron a hundirse, y con ellas la terrible ciudad de piedra de R'lyeh y todos los pulpos cósmicos, de modo que los Antiguos fueron otra vez amos únicos del planeta a pesar del vago temor que los oprimía continuamente y del que no se atrevían a hablar. Siglos más tarde sus ciudades cubrían la mayor parte del globo, y éste es el motivo por el que recomendaré en mi próxima monografía que algunos arqueólogos efectúen excavaciones con el aparato de Pabodie en ciertas regiones muy separadas entre sí.
Las migraciones se realizaron entonces, y casi constantemente, desde el mar a la tierra. Ante todo habían aparecido nuevos continentes e islas. Por otra parte los soggoths se mostraban cada vez más rebeldes. Con el paso del tiempo, como confesaban tristemente las esculturas, el arte de crear nueva vida a partir de la materia inorgánica se había perdido, de modo que los Antiguos tenían que depender de las formas ya existentes. Los grandes reptiles terrestres eran extremadamente dóciles, pero los soggoths, que se reproducían por fisión y adquirían un grado peligroso y accidental de inteligencia, representaron durante un tiempo un problema enorme.
Habían sido siempre gobernados por medio de la sugestión hipnótica, y habían modelado su sustancia plástica en diversos miembros y órganos provisionales; pero ahora ejercían esta facultad de un modo a veces independiente, aunque imitando las formas sugeridas antes. Parecían haber adquirido un cerebro cuyos poderes volitivos eran un eco de la mente de los Antiguos, pero capaz de desobedecerles de cuando en cuando. Las imágenes esculpidas de estos soggoths nos llenaron a Danforth y a mí de repugnancia y terror. Eran comúnmente entidades informes, constituidas por una jalea viscosa similar a una aglutinación de burbujas; cuando tenían una forma esférica alcanzaban un diámetro de casi cinco metros. Sin embargo, cambiaban continuamente de forma y volumen, formando órganos visuales, auditivos y de lenguaje imitados de los de sus amos ya espontáneamente o por sugestión.
Hacia mediados de la edad pérmica -cincuenta millones de años atrás- se hicieron particularmente intratables y hubo que librar contra ellos una verdadera guerra. Las imágenes de esta guerra -en la que los soggoths decapitaban a sus víctimas y las dejaban cubiertas de una baba viscosa- horrorizan todavía a pesar del abismo del tiempo. Los Antiguos habían empleado contra los rebeldes unas curiosas armas moleculares y atómicas, y habían alcanzado al fin una victoria completa. Luego, según las esculturas, habían domado a los soggoths así como los vaqueros domaron a los caballos salvajes en el oeste norteamericano. Pero durante la rebelión los soggoths habían desarrollado la capacidad de vivir fuera del agua, capacidad que no se les había inculcado, pues en tierra firme su utilidad era menor que las dificultades que presentaba su manejo.
Durante la edad jurásica los Antiguos habían sufrido una nueva invasión desde el espacio. Esta vez los monstruos eran unos crustáceos fungoides, los mismos sin duda que figuraban en ciertas leyendas de las colinas de Vermont y que las tribus del Himalaya llaman Mi-Go o abominable hombre de las nieves. Para luchar contra estos seres los Antiguos intentaron, por primera vez desde su llegada a la Tierra, volver otra vez al espacio interplanetario; pero, a pesar de todos los preparativos tradicionales, no pudieron dejar la atmósfera terrestre. Cualquiera que fuese el secreto de los viajes interestelares, éste se había perdido. Al fin los Mi-Go echaron a los Antiguos de las tierras del norte, aunque no pudieron molestar a los que vivían en el mar. Poco a poco comenzó la lenta retirada de aquella antigua raza a su hábitat antártico original.
Era curioso advertir, en la representación mural de las batallas, que la progenie de Cthulhu y los Mi-Go era de una sustancia orgánica muy distinta de la que hoy conocemos, aún más que la de los Antiguos. Tenían la facultad de efectuar ciertas transformaciones y reintegraciones imposibles para sus adversarios, y parecían proceder de los más remotos abismos del espacio cósmico. Los Antiguos, a pesar de la curiosa resistencia de sus organismos, eran estrictamente materiales, y debían de haberse originado en el contínuum espacio-tiempo; el lugar de donde venían los otros era, en cambio, inimaginable. Todo esto, por supuesto, si las anomalías atribuidas a los invasores no son meramente mitológicas. No es imposible que los Antiguos hayan ideado unas amenazas cósmicas para justificar sus ocasionales fracasos, ya que el amor por la historia y el orgullo parecían ser las características más notables de su carácter. Es significativo que sus anales no nombrasen muchas razas evolucionadas y poderosas de las que persisten oscuras leyendas.
Las metamorfosis del mundo a lo largo de las edades geológicas aparecían con una animación sorprendente en muchos mapas y escenas esculpidas. En algunos casos había que revisar nuestras ciencias, pero en otros se confirmaban las más atrevidas de las deducciones. Como ya he dicho, las hipótesis de Taylor, Wegener y Joly, según las cuales todos los continentes son fragmentos de una masa terrestre de origen antártico que la fuerza centrífuga rompió e hizo deslizar sobre una superficie técnicamente viscosa -hipótesis sugeridas por la existencia de perfiles complementarios, como los de África y América del Sur, y el modo como se alzan las grandes cadenas montañosas-, recibieron un sorprendente apoyo de esta fuente increíble.
Algunos mapas mostraban el mundo carbonífero de hace un millón de años con hendiduras y grietas significativas que separarían más tarde al África de las tierras, entonces unidas, de Europa (la Valusia de las leyendas), Asia, América y el continente antártico. Otros -y principalmente uno relacionado con la fundación de la ciudad, hacía cincuenta millones de años- mostraban los continentes actuales bien diferenciados entre sí. Y en los últimos ejemplares descubiertos -que datan quizá de la edad pliocena- el mundo de hoy aparecía con bastante. claridad a pesar de la unión de Alaska con Siberia, de Europa con Norteamérica (por Groenlandia) y de América de Sur y la Antártida (por la Tierra de Graham). En el mapa carbonífero todo el globo -tanto las masas de tierra firme como el fondo de los océanos- estaba cubierto de señales que indicaban la posición de las vastas ciudades de piedra, pero en los últimos mapas el retroceso hacia la Antártida era gradual y evidente. En el que correspondía al último período del plioceno no había ciudades en tierra firme, excepto en el continente antártico y el extremo austral de Sudamérica, ni ninguna ciudad oceánica más allá del paralelo cincuenta de latitud sur. El estudio de las tierras del norte y el interés por ellas habían desaparecido casi del todo y sólo vimos en los mapas un esbozo de las líneas costeras hecho probablemente durante algún vuelo de exploración realizado con la ayuda de aquellos abanicos membranosos.
Tema común en los bajorrelieves era la destrucción de las ciudades a consecuencia de diversos cataclismos: el surgimiento de las montañas, el desplazamiento centrífugo de los continentes, las convulsiones sísmicas. A medida que pasaban los años, las reconstrucciones eran más raras. La enorme megalópolis que yacía a nuestro alrededor, edificada a comienzos del período cretáceo, parecía haber sido el último gran centro de los Antiguos. La región parecía ser un lugar santo donde se habían instalado los primeros seres de esa raza. En la ciudad nueva -muchos de cuyos edificios reconoceríamos en las esculturas, pero que se extendía a lo largo de la cadena de montañas por casi doscientos kilómetros- habían sido conservadas algunas piedras pertenecientes a la primera ciudad, construida en los abismos submarinos, y que había surgido a la luz luego de un largo período en que se habían alterado los estratos.
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Danforth y yo estudiamos con especial interés y mucha angustia todo lo que se refería a la ciudad. Los documentos abundaban y descubrimos por suerte, al nivel del suelo, una casa más nueva cuyos muros, algo dañados por un derrumbe vecino, describían un período muy posterior al del mapa plioceno. Éste fue el último lugar que examinamos minuciosamente, pues lo que descubrimos allí nos dio un nuevo e inmediato objetivo.
Nos encontrábamos, sin duda, en uno de los lugares más extraños, terribles y antiguos del mundo. No tardamos en comprender que esta tierra desierta tenía que ser la fabulosa meseta de Leng, que ni aun el autor del Necronomicon se había atrevido a describir. La enorme cadena montañosa era increíblemente larga, pues -incluidas sus estribaciones- se extendía desde la tierra de Luitpold, en la costa del mar de Weddell, hasta el otro extremo del continente. Las partes realmente elevadas formaban un arco que nacía a los 80° de latitud y 60° de longitud este, y llegaba a los 70° de latitud y 115° de longitud este. El lado cóncavo enfrentaba nuestro campamento y alcanzaba la costa cubierta de hielo cuyas colinas fueron avistadas por Wilkes y Mawson.
Pero la naturaleza había erigido unos monstruos mayores, y no muy lejos de allí. He dicho que esos picos son más altos que los del Himalaya, pero las esculturas me permiten afirmar que no son los más altos del mundo. Ese frío honor le corresponde sin duda a algo que la mayor parte de las esculturas apenas osan nombrar; otras hablan de eso con una repugnancia y un horror evidentes. Existía, parece, en esas antiguas tierras -las primeras que surgieron a la superficie luego de la aparición de la Luna y la llegada de los Antiguos- una parte que era comúnmente evitada a causa de su reputación. Las ciudades edificadas allí se derrumbar Tags: H.P. Lovecraft, en las montañas, historias, libro, terror, novela