sábado, 20 de diciembre de 2008

Al fin descubrimos la entrada que buscábamos: un arco de dos metros de anchura y tres de alto, extremo de un puente que se alzaba a un metro y medio de la capa

de hielo. El pasaje daba a un piso superior que todavía existía. El edificio accesible estaba formado por una serie de terrazas rectangulares situadas a nuestra izquierda y que miraban al oeste. Del otro lado de la avenida, en el ex­tremo opuesto del puente, se veía un decrépito cilindro sin ventanas y con un curioso abultamiento a unos tres metros por encima del arco.    El interior era muy sombrío, y la abertura parecía dar a un pozo de profundidad incal­culable.

            Un montón de escombros facilitaba el acceso al edifi­cio situado a nuestra izquierda, pero dudamos un instante antes de aceptar esta ocasión tan deseada. Pues aunque nos hubiésemos atrevido a penetrar en este arcaico labe­rinto, era necesario tener más audacia aún para deslizar­nos en el interior de una de las casas. La naturaleza terro­rífica de este mundo era cada vez más evidente. Al fin, sin embargo, nos hicimos de coraje y entramos por la aber­tura. Nos encontramos en una habitación de suelo ajedre­zado que parecía la antesala de otra larga habitación de muros esculpidos.

            Observamos que en la habitación se abrían numerosos pasajes, y comprendiendo que la distribución de los cuar­tos podía ser de una complejidad excesiva, decidimos re­currir a los trozos de papel. Hasta ese instante nos habían bastado las brújulas, junto con frecuentes ojeadas a las ci­mas que asomaban entre las torres; pero desde ahora ten­dríamos que recurrir a algo más. Cortamos por lo tanto nuestra provisión de papel en trozos de tamaño conve­niente, los colocamos en un saco que llevaría Danforth, y nos dispusimos a usarlos con toda la economía posible. Este método evitaría sin duda que nos extraviásemos, pues en el interior de la casa no parecía haber corrientes de aire. Si no fuese así, o se nos terminara la provisión de papel, recurriríamos al método de marcar las rocas.

            Era imposible adivinar cuánto andaríamos. Las cone­xiones que unían tan frecuentemente los distintos edifi­cios hacían suponer que pasaríamos de uno a otro por puentes situados bajo la capa de hielo. Ésta, en apariencia, apenas había penetrado en las macizas construcciones. A través del hielo transparente habíamos visto que casi no había ventanas abiertas, como si la ciudad hubiese sido abandonada voluntariamente en ese estado cuando la capa de hielo comenzó a cristalizar las partes más bajas. ¿Se había previsto la llegada del hielo, y la población se había retirado en busca de un refugio más apropiado? Era imposible saber por ahora cómo se había formado esa capa helada. Quizá tenía como origen la presión acumu­lada de la nieve; o las aguas, fuera de cauce, del río vecino; o el descenso de algún glaciar de la cordillera. Todo era posible en este lugar.

 

 

6

 

            Sería realmente excesivo dar un relato detallado y com­pleto de nuestras andanzas por el interior de aquella aban­donada y cavernosa colmena; aquel cubil monstruoso de secretos primitivos cuyos ecos se alzaban ahora por pri­mera vez después de innumerables años de silencio, ante las pisadas de unos seres humanos. Esto es especialmente cierto a causa de que la horrible revelación surgió del mero estudio de los muros esculpidos. Las fotografías se­rán por eso muy útiles para probar la verdad de mis afir­maciones. Lamentablemente, no disponíamos de mucha película virgen. Cuando se nos terminó, nos contentamos con dibujar en nuestras libretas algunos de los bajorrelie­ves más notables.

            El edificio en que habíamos entrado era de gran ta­maño y complejidad, y nos dio una singular idea de la ar­quitectura de aquel anónimo pasado. Las paredes interio­res eran menos macizas que las exteriores, pero en los pisos más bajos se habían conservado muy bien. Era aquél un verdadero laberinto, con diferencias curiosamente irregulares entre un piso y otro, y sin aquellos pedazos de papel, sin duda nos habríamos extraviado. Decidimos ex­plorar ante todo las partes superiores más dañadas; una ascensión de treinta metros nos llevó a la cima del edifi­cio. Allí una hilera de cuartos sin techo y cubiertos de nieve se abría bajo el cielo polar. Llegamos a esa cima por medio de rampas o planos inclinados que hacían en todas partes las veces de escaleras. Los cuartos tenían las formas y proporciones más variadas: estrellas de cinco puntas, triángulos y cubos perfectos. Todos medían, general­mente, nueve metros por nueve de superficie, y unos seis metros de altura. Había sin embargo habitaciones mayo­res. Después de examinar cuidadosamente las partes más elevadas, descendimos, piso por piso, a los cuartos infe­riores y nos encontramos en una verdadera confusión de salones y pasillos unidos entre sí, que cubría sin duda un área superior a la del edificio mismo. Las proporciones ci­clópeas de todo aquello se hicieron muy pronto curiosa­mente opresivas. Había algo de profundamente inhumano en los contornos, la decoración y las sutilezas arquitectó­nicas de esta construcción de monstruosa antigüedad. El estudio de las esculturas nos reveló muy pronto que el la­berinto tenía varios millones de años de existencia.

            Aún hoy me es imposible explicar qué principios me­cánicos presidían el equilibrio y la disposición de aquellas ,vastas masas de roca; aunque los constructores habían re­currido frecuentemente a los principios del arco. Los cuartos que visitamos estaban totalmente desprovistos de muebles, circunstancia que parecía probar que la ciudad había sido abandonada voluntariamente. El motivo prin­cipal de decoración eran aquellas esculturas esculpidas en casi todos los muros. Estaban dispuestas, generalmente, en bandas horizontales de casi un metro de ancho, que al­ternaban con otras bandas de tamaño similar y de arabes­

cos geométricos. A menudo, sin embargo, en las bandas de arabescos se habían incluido unas cartelas lisas con unos curiosos grupos de puntos.

            La técnica, como comprobamos en seguida, era de una rara perfección, y revelaba una civilización desarro­llada hasta el más alto grado, aunque totalmente ajena a la tradición artística de la raza humana. En delicadeza de ejecución ninguna escultura de las que yo había visto hasta entonces podía equiparársele. Los menores detalles de la vida vegetal o animal habían sido reproducidos con una fidelidad prodigiosa, a pesar de la vastedad de la es­cala, y los dibujos convencionales eran maravillas de com­pleja delicadeza. En los arabescos se advertía un uso pro­fundo de principios matemáticos, y consistían en curvas y ángulos oscuramente simétricos basados en el número cinco. Las esculturas, ejecutadas según una muy curiosa perspectiva, eran de un vigor tal que nos conmovieron profundamente a pesar del abismo de años que las sepa­raba de nuestra época. La técnica se basaba en una singu­lar disposición de la sección transversal con la silueta de dos dimensiones, y revelaba una psicología analítica des­conocida para todos los pueblos de la antigüedad. Es inú­til comparar este arte con cualquiera de los representados en nuestros museos. Los que vean las fotografías le encon­trarán una cierta similitud con el de algunos futuristas.

            Los arabescos consistían en unos surcos grabados cuya profundidad, en las piedras no desgastadas por la erosión, era de unos tres a cinco centímetros. Las cartelas adornadas de grupos de puntos -evidentemente inscrip­ciones en un alfabeto desconocido- formaban unas de­presiones de unos cuatro centímetros, y los puntos de dos. El fondo de las esculturas era un bajorrelieve, a unos cinco centímetros de la superficie original de la pared. En algunos casos podían notarse ciertas huellas de color, aun­que en la mayor parte el tiempo había borrado todo pig­mento. Cuanto más se estudiaba la técnica de esas esculturas, tanto mas se las admiraba. Por encima de las con­venciones, muy estrictas, era posible distinguir la habili­dad y el minucioso poder de observación del creador, y en verdad las convenciones mismas servían para acentuar la esencia real de cada uno de los objetos representados. Sentimos, también, que fuera de esas reconocibles exce­lencias había otras que superaban los límites de nuestra percepción. Ciertos signos, aquí y allí, insinuaban unos símbolos y significaciones que para otras mentes y otros sentidos debían tener un profundo y expresivo valor.

            El tema de esas esculturas era sin duda la vida en la época en que habían sido creadas, y se referían en gran parte a acontecimientos históricos. Esta última y peculiar circunstancia nos daba la posibilidad de informarnos acerca de aquella raza antiquísima, y por ese motivo nos dedicamos principalmente a fotografiar y a dibujar. En algunas de las habitaciones había varios mapas y cartas astronómicas, y otros dibujos científicos a gran escala; todos corroboraban terriblemente la verdad de lo que ha­bíamos creído ver en las estatuas y frisos. Hoy sólo puedo esperar que mis relatos no despierten una curiosidad más grande que toda precaución. Sería realmente trágico que alguien osara visitar ese reino de muerte y horror impul­sado por esta misma advertencia.

            En los muros esculpidos se abrían grandes ventanas y puertas macizas de tres metros y medio de altura; unas y otras conservaban a veces sus paneles y persianas de ma­dera petrificada -esculpida y pulida minuciosamente-. Todas las partes metálicas habían desaparecido, pero las puertas se mantenían en algunos casos en su lugar y tuvi­mos que hacerlas a un lado. En las ventanas era posible advertir de cuando en cuando la presencia de un curioso material transparente. Había también algunos nichos de gran tamaño, generalmente vacíos, pero que a veces guar­daban unos objetos de esteatita. Los otros orificios forma­ban parte sin duda de sistemas de iluminación y ventila­ción acerca de los cuales las esculturas nos habían dado una vaga idea. Los cielos rasos eran comúnmente lisos, pero en algunos había habido unas losas de esteatita verde ahora en el suelo. Los suelos estaban también adornados con esas losas, aunque predominaba la piedra desnuda.

            Como he dicho, faltaban todos los muebles: pero las esculturas se referían a unos extraños aparatos que habían llenado una vez estas salas donde resonaban ahora los ecos de las tumbas. Por encima del nivel de la capa de hielo los picos estaban generalmente cubiertos de detritos y restos de toda especie; pero más abajo apenas había obs­táculos. Los cuartos y pasillos inferiores tenían sólo una capa de polvo, y a veces daban la impresión de haber sido barridos no hacía mucho. Como es natural, donde había habido algún derrumbe los cuartos inferiores estaban tan cubiertos de escombros como los superiores. Un patio central -como en otros edificios que habíamos vislum­brado desde el aire- evitaba que en las habitaciones inte­riores reinasen las sombras. En las salas altas, por lo tanto, apenas teníamos que usar nuestras linternas, salvo para estudiar los detalles de las esculturas. Pero bajo la capa de hielo escaseaba la luz, y en los pisos inferiores había una oscuridad absoluta.

            Para dar aunque sea una idea rudimentaria de nues­tros pensamientos y sensaciones al penetrar en este labe­rinto, vacío y silencioso desde hacía millones de años, ten­dría que describir un increíble caos de impresiones y recuerdos fugaces. La antigüedad aterradora y la mortal desolación del lugar hubiesen abrumado a cualquier per­sona sensitiva; pero es necesario añadir los inexplicables horrores del campamento, y las revelaciones que nos pro­porcionaron demasiado pronto las terribles esculturas murales. En el mismo instante en que llegábamos a una sección perfectamente conservada, comprendimos la ho­rrorosa verdad, una verdad que Danforth y yo habíamos sospechado, es cierto, independientemente, pero que no

nos habíamos atrevido a insinuar en voz alta. No pudimos tener ya ninguna duda misericordiosa acerca de la natura­leza de los seres que habían construido y habitado esta ciudad hacía millones de años, cuando los antecesores del hombre eran aún mamíferos primitivos, y los enormes di­nosaurios se paseaban por las estepas tropicales de Asia y Europa.

            Habíamos insistido en pensar hasta entonces, y para nosotros mismos, que la constante presencia del motivo de las cinco puntas tenía un único significado: la exalta­ción cultural o religiosa de un objeto natural arqueano de forma similar. Así el motivo principal del arte decorativo en la Creta micénica había sido la figura de un toro, el de Egipto la de un escarabajo, el de Roma las de un lobo y un águila, y el de las tribus salvajes las de algún animal toté­mico. Pero ahora nos veíamos obligados a enfrentarnos con una idea que el lector de estas páginas ya ha sospe­chado probablemente. Apenas- me atrevo a transcribirla en negro sobre blanco, pero quizá no tenga que hacerlo.

            Las criaturas que habían habitado y construido esta terrible ciudad en la edad de los dinosaurios no eran cier­tamente dinosaurios, sino algo peor. Los dinosaurios eran una raza joven, desprovista de inteligencia; pero los cons­tructores de la ciudad eran sabios y viejos, y habían de­jado ciertas huellas en rocas que databan de mil millones de años atrás. En esa época la única vida terrestre era unas agrupaciones celulares, y no existía en realidad una verda­dera vida. Estas criaturas tenían que ser los hacedores y los amos de esa vida, y en ellos se habían originado sin duda aquellos mitos a los que se refieren obras como los Manuscritos Pnakóticos y el Necronomicon. Eran éstos los «Grandes Antiguos», que habían descendido de las es­trellas cuando la Tierra era joven; seres cuya sustancia se había formado a través de una misteriosa evolución, y cu­yos poderes no parecían tener límites. Y pensar que la vís­pera Danforth y yo habíamos contemplado unos frag­mentos de esa sustancia, y que el pobre Lake y sus com­pañeros habían visto sus cuerpos intactos.

            Me es naturalmente imposible narrar en su orden las etapas que recorrimos antes de llegar a nuestro conoci­miento actual de ese monstruoso capítulo de la vida pre­humana. Luego del aturdimiento de la primera revelación, tuvimos que descansar un rato, y ya eran las tres de la tarde cuando iniciamos nuestra investigación sistemática. Las esculturas del edificio pertenecían a una edad relativa­mente tardía -quizá de hacía dos millones de años- a juzgar por los datos biológicos, geológicos y astronómi­cos que proporcionaban, y eran de un estilo que podría llamarse decadente por comparación con las obras que encontramos en edificios más viejos luego de cruzar unos puentes sumergidos. Uno de esos edificios, labrado en la misma roca, tenía una antigüedad de por lo menos cin­cuenta millones de años -o sea del eoceno inferior o el cretáceo superior- y contenía unos bajorrelieves de cali­dad excepcional.

            Si no fuese por las fotografías, que pronto serán cono­cidas por todo el mundo, me resistiría a hablar de mis des­cubrimientos, ya que corro el peligro de que me encierren en un manicomio. Por supuesto, las partes más antiguas de la historia que alcanzamos a descifrar -y que represen­taban la vida preterrestre de los seres de cabeza de estrella en otros planetas, otras galaxias y otros universos- pue­den ser interpretadas con facilidad como cuentos mitoló­gicos de estos mismos seres: pero tales fragmentos in­cluían a veces mapas y diagramas tan increíblemente similares a los últimos descubrimientos de la matemática y la astrofísica que yo apenas sabía qué pensar. Dejaré que otros decidan cuando aparezcan las fotografías.

            Como es natural, cada uno de los grupos de esculturas con que nos encontrábamos relataba sólo una fracción de la historia, y ésta sólo pudo ser reconstruida más tarde. Algunas de aquellas salas describían episodios indepen1 dientes, mientras que en otros casos una crónica ininte­rrumpida se sucedía de habitación en habitación y de co­rredor en corredor. Los mejores mapas y diagramas se en­contraban en una habitación abismal, situada muy por debajo del viejo nivel del suelo: una caverna de unos se­senta metros cuadrados y de unos veinte metros de altura que tenía que haber servido como centro educativo. En las distintas habitaciones y edificios había repeticiones exasperantes, y algunos capítulos de la historia eran sin duda los favoritos de los artistas y los ocupantes de la casa. A veces, sin embargo, varias versiones del mismo tema servían para llenar lagunas y aclarar puntos oscuros.

            Me maravilla aún que hayamos podido descubrir tan­tas cosas en tan poco tiempo. Por supuesto, todavía ahora no tenemos más que una idea muy general, y nuestras in­formaciones más precisas fueron obtenidas gracias al estu­dio posterior de las fotografías y los croquis. La actual de­presión nerviosa de Danforth pudo tener como causa este estudio -los recuerdos de aquellas escenas y de la impre­sión que causaron en nosotros- y aquel supuesto- horror que no ha querido revelar. Pero este estudio era indispen­sable; no podríamos hacer la menor advertencia sin dar toda la información posible, y esa advertencia es sin duda de una imperiosa necesidad. Ciertas influencias todavía presentes en esa Antártida, donde el tiempo y las leyes de la naturaleza parecen sufrir una extraña deformación, nos han convencido de que debemos desanimar a todos los posibles exploradores.

 

 

7

 

            Todo lo que sabemos Danforth y yo aparecerá próxima­mente en el boletín oficial de la Universidad de Miskato­nic. Así que me contentaré con esbozar aquí nada más que lo principal. Mito o realidad, las esculturas narran la lle­gada a la Tierra todavía sin vida de esos seres de cabeza de estrella y de otros que de cuando en cuando se deciden a explorar el universo. Aparentemente son capaces de atra­vesar el espacio interestelar con la ayuda de sus grandes alas membranosas, y se confirma así la historia que me na­rró hace años un colega universitario. Durante un tiempo vivieron en las profundidades del mar, construyendo ciu­dades fantásticas y librando feroces batallas con enemigos anónimos mediante el empleo de complicados aparatos que usaban principios desconocidos de energía. Evidente­mente, sus conocimientos mecánicos y científicos sobre­pasaban a los del hombre actual, aunque recurrían a sus aplicaciones más elaboradas sólo cuando se veían obliga­dos a ello. Algunas de las esculturas sugerían que en algún lejano planeta habían pasado por una era mecánica, aban­donada más tarde por ser emocionalmente insatisfactoria. Gracias a la resistencia de sus órganos y la simplicidad de sus necesidades naturales podían llevar una vida del más alto nivel sin el auxilio de la manufactura especializada.

            En el mar, primero para alimentarse y luego con otros propósitos, crearon las formas originales de la vida terres­tre a partir de sustancias que conocían desde hacía mucho tiempo. Luego de haber aniquilado a varios enemigos cós­micos se dedicaron a los experimentos más complicados. Habían hecho lo mismo en otros planetas, no conten­tándose solamente con elaborar alimentos, sino también ciertas masas protoplásmicas capaces de transformar sus tejidos en toda clase de órganos bajo influencias hipnóti­cas. Estas masas eran así perfectos esclavos, encargados de las labores más pesadas. (Se trataba sin duda de las criatu­ras viscosas que Abdul Alhazred llama Ksoggoths» en su terrible. Necronomicon, aunque aquel árabe loco no insi­nuó jamás que hubiesen existido en la Tierra, excepto en los sueños de quienes masticaban cierta hierba alcaloidea.) Cuando los Antiguos de cabeza de estrella lograron sin-

tetizar sus principales alimentos y difundieron por el mundo un buen número de soggoths, dejaron que otros grupos celulares evolucionaran libremente, eliminando a aquellos que podían traer dificultades.

            Con la ayuda de los soggoths, capaces de levantar pe­sos prodigiosos, las pequeñas ciudades submarinas se transformaron pronto en vastos e imponentes laberintos de piedra, no muy distintos de los que más tarde fueron construidos en la superficie. Los Antiguos habían llevado durante largo tiempo, en otros planetas, una vida terres­tre, y sabían cómo construir en tierra firme. Mientras estudiábamos la arquitectura de esas ciudades paleógenas, incluso la de aquella cuyos corredores habíamos visitado, nos impresionó una curiosa coincidencia que hasta enton­ces no habíamos tratado de explicar. Las cimas de las ca­sas, que en la ciudad antártica habían desaparecido hacía ya mucho tiempo, aparecían en los bajorrelieves con finas agujas, delicados ápices piramidales y cónicos, y termina­ciones cilíndricas coronadas por discos horizontales. Esto es exactamente lo que había mostrado aquel espejismo na­cido de una ciudad donde esos adornos existían desde ha­cía miles de años.

            De la vida de los Antiguos, tanto en el mar como en la tierra, podrían escribirse volúmenes. Aquellos que vivían en el agua habían conservado el uso de los ojos (situa­dos en las puntas de los cinco tentáculos de la cabeza), y habían cultivado las artes de la escultura y la escritura casi como los terrestres. La escritura se practicaba con un esti­lete en superficies blandas e impermeables. Los que vivían en los abismos, aunque dotados de un curioso órgano fos­forescente para darse luz, completaban su visión con unos sentidos muy especiales situados bajo el vello prismático de la cabeza. Con estos sentidos podían prescindir de la luz. En las formas de la escultura y la escritura había va­riantes que implicaban diversos procesos químicos -pro­bablemente para dar a los objetos una luz fosforescente­ que los bajorrelieves no aclaraban del todo. Estas criatu­ras se movían en el agua en parte nadando -con la ayuda de los brazos laterales- y en parte arrastrándose sobre los tentáculos inferiores. Ocasionalmente recurrían al uso au­xiliar de dos o más pares de aquellas alas plegables. En tie­rra usaban los tentáculos, pero de cuando en cuando vola­ban a grandes alturas y cubrían largas distancias ayudados por las alas. Las terminaciones de los brazos eran infinita­mente delicadas, flexibles, fuertes y precisas, y cumplían hábilmente cualquier operación artística o manual.

            La solidez de sus cuerpos era casi increíble. Ni si­quiera las enormes presiones submarinas alcanzaban a cau­sarles daño. Muy pocos parecían morir, excepto por causa violenta, y no había cementerios. El hecho de que ente­rraran los cadáveres -inhumados verticalmente- bajo túmulos de cinco puntas despertó en Danforth y en mí una horrorosa asociación de ideas. Se multiplicaban por medio de esporas como vegetales pteridolitos, pero, de­bido a su prodigiosa resistencia y longevidad, no preconi­zaban el desarrollo de otros protalos excepto cuando ha­bía nuevas tierras que colonizar. Los jóvenes maduraban rápidamente y recibían una educación cuya naturaleza era difícil concebir. La vida intelectual y estética estaba muy desarrollada, y daba como resultado la tenaz persistencia de unas costumbres e instituciones que describiré con ma­yor abundancia en mi próxima monografía. Ellas variaban de acuerdo con el lugar de residencia -tierra o mar-, pero eran esencialmente idénticas.

            Aunque capaces, como los vegetales, de alimentarse de sustancias inorgánicas, eran preferentemente carnívo­ros. En el mar comían animales marinos crudos, pero en tierra cocinaban sus alimentos. Cazaban animales salvajes y criaban ganado, y mataban a unos y otros con unas ar­mas cuyas curiosas huellas, en ciertos huesos fósiles, ya habían sido advertidas por nuestra expedición. Resistían maravillosamente todas las temperaturas, y podían vivir en el agua helada. Sin embargo, cuando llegaron los gran­des fríos del pleistoceno -hace un millón de años- los que habitaban en tierra firme tuvieron que recurrir a me­didas especiales -incluso métodos de calefacción-, hasta que al fin la temperatura los obligó a refugiarse en el mar. En la época de sus luchas prehistóricas en el espacio, de­cía la leyenda, eran capaces de absorber ciertas sustancias químicas, libres de las necesidades y condiciones natura­les; pero en el tiempo de los grandes fríos habían olvidado cómo hacerlo.             De cualquier modo, no hubiesen podido prolongar ese estado artificial indefinidamente sin sufrir daño.

            Como no se acoplaban, y eran de estructura semivege­tal, carecían de toda vida familiar basada en leyes biológi­cas; pero organizaban vastos habitáculos en los que se agrupaban -según dedujimos de las ocupaciones y diver­siones que mostraban las esculturas- de acuerdo con su afinidad mental. Al amueblar las habitaciones instalaban todo en el centro, y reservaban los muros para la decora­ción. La luz, en tierra firme, era obtenida por medio de un dispositivo de naturaleza probablemente electroquímica. Tanto en tierra como en el mar usaban curiosas mesas, si­llas y cilindros donde descansaban de pie, con los tentácu­los plegados, y unos estantes donde alineaban las planchas punteadas que eran sus libros.

            El sistema de gobierno era evidentemente complejo, y de estructura quizá socialista, aunque las esculturas que vimos no permiten afirmarlo con seguridad. Había un co­mercio abundante, tanto local como entre los diferentes centros poblados, y unas piedrecitas de esteatita verde, de forma de estrella e inscritas, servían de dinero. Aunque la cultura era principalmente urbana, existían también una ganadería y una agricultura florecientes. Había además, aunque en una escala menor, industria minera y manufac­turera. Los viajes eran muy comunes, pero no se realiza­ban migraciones salvo con motivo de vastos movimientos de colonización. No usaban ningún medio de transporte, pues tanto en el agua como en la tierra y el aire parecían capaces de desarrollar por sus propios medios una gran velocidad. Sin embargo, las cargas eran transportadas por bestias: soggoths bajo el agua, y una gran variedad de ver­tebrados primitivos en los últimos años pasados en tierra firme.

            Estos vertebrados, lo mismo que una infinidad de otras formas de vida -animal, vegetal, marina, terrestre y aérea-, eran producto de una evolución no dirigida que actuaba sobre las células creadas por los Grandes Anti­guos. Se había permitido que se desarrollaran libremente por no haberse rebelado nunca contra sus amos. Los orga­nismos de difícil dominación, como es natural, fueron ex­terminados mecánicamente. Nos llamó la atención ver que en las últimas y más decadentes esculturas aparecían unos mamíferos usados a veces como alimento y otras como divertidos bufones, y cuyos rasgos simiescos y hu­manos eran indudables. En la construcción de las ciuda­des terrestres los grandes bloques de piedra de los edifi­cios habían sido alzados generalmente por pterodáctilos de una especie desconocida para nuestros paleontólogos.

            El modo como los Antiguos sobrevivieron a diversos cambios geológicos y a las convulsiones de la corteza te­rrestre era casi un milagro. Aunque ninguna de sus prime­ras ciudades había llegado a la edad arqueana, ni la civili­zación ni la transmisión de los registros se habían interrumpido. En un principio, recién llegados al planeta, se habían instalado en el océano Antártico, poco tiempo después de que la materia de que está formada la Luna hu­biese sido arrancada al Pacífico Sur. En esa época, según un bajorrelieve, todo el globo terrestre estaba bajo el agua, y las ciudades de piedra se extendían más y más al­rededor de la Antártida. En otro mapa se veía una gran extensión de terreno alrededor del Polo Sur, donde algu­nos de los seres se habían instalado en forma experimental, aunque los centros principales habían sido transferi­dos al fondo del mar más próximo. Mapas posteriores, que mostraban la tierra como hendida y flotante, con ciertas partes que iban hacia el norte, apoyaban de un modo asombroso las teorías sobre la migración de los continentes sostenida entre nosotros por Taylor, Wege­ner y Joly.

            Con la aparición de un nuevo continente en el Pací­fico sobrevinieron tremendos acontecimientos. Algunas de las ciudades marinas fueron destruidas, pero eso no fue lo peor. Otra raza (formada por criaturas similares a pul­pos y que pertenecía quizá a la progenie de Cthulhu) des­cendió de la infinitud cósmica y desencadenó una guerra que por un tiempo hizo que todos los Antiguos tuvie­ran que esconderse en el fondo del mar: golpe terrible si se tiene en cuenta que las colonias terrestres eran cada vez más numerosas. Más tarde se llegó a un acuerdo y la pro­genie Cthulhu se refugió en las tierras nuevas mientras que los Antiguos se reservaban el océano y las tierras de más edad. Fueron fundadas nuevas ciudades en tierra firme; la mayoría en la Antártida, pues esta región era sa­grada en virtud de que en ella habían puesto pie por pri­mera vez en el planeta. Desde entonces la Antártida fue el centro de la civilización de los Antiguos, y todas las ciu­dades construidas allí por la progenie de Cthulhu desapa­recieron. Luego, de pronto, las tierras del Pacífico volvie­ron a hundirse, y con ellas la terrible ciudad de piedra de R'lyeh y todos los pulpos cósmicos, de modo que los An­tiguos fueron otra vez amos únicos del planeta a pesar del vago temor que los oprimía continuamente y del que no se atrevían a hablar. Siglos más tarde sus ciudades cubrían la mayor parte del globo, y éste es el motivo por el que re­comendaré en mi próxima monografía que algunos ar­queólogos efectúen excavaciones con el aparato de Pabo­die en ciertas regiones muy separadas entre sí.

            Las migraciones se realizaron entonces, y casi cons­tantemente, desde el mar a la tierra. Ante todo habían aparecido nuevos continentes e islas. Por otra parte los soggoths se mostraban cada vez más rebeldes. Con el paso del tiempo, como confesaban tristemente las esculturas, el arte de crear nueva vida a partir de la materia inorgánica se había perdido, de modo que los Antiguos tenían que depender de las formas ya existentes. Los grandes reptiles terrestres eran extremadamente dóciles, pero los sog­goths, que se reproducían por fisión y adquirían un grado peligroso y accidental de inteligencia, representaron du­rante un tiempo un problema enorme.

            Habían sido siempre gobernados por medio de la su­gestión hipnótica, y habían modelado su sustancia plás­tica en diversos miembros y órganos provisionales; pero ahora ejercían esta facultad de un modo a veces indepen­diente, aunque imitando las formas sugeridas antes. Pare­cían haber adquirido un cerebro cuyos poderes volitivos eran un eco de la mente de los Antiguos, pero capaz de desobedecerles de cuando en cuando. Las imágenes escul­pidas de estos soggoths nos llenaron a Danforth y a mí de repugnancia y terror. Eran comúnmente entidades infor­mes, constituidas por una jalea viscosa similar a una aglu­tinación de burbujas; cuando tenían una forma esférica alcanzaban un diámetro de casi cinco metros. Sin embar­go, cambiaban continuamente de forma y volumen, for­mando órganos visuales, auditivos y de lenguaje imitados de los de sus amos ya espontáneamente o por sugestión.

            Hacia mediados de la edad pérmica -cincuenta millo­nes de años atrás- se hicieron particularmente intratables y hubo que librar contra ellos una verdadera guerra. Las imágenes de esta guerra -en la que los soggoths decapita­ban a sus víctimas y las dejaban cubiertas de una baba vis­cosa- horrorizan todavía a pesar del abismo del tiempo. Los Antiguos habían empleado contra los rebeldes unas curiosas armas moleculares y atómicas, y habían alcan­zado al fin una victoria completa. Luego, según las esculturas, habían domado a los soggoths así como los va­queros domaron a los caballos salvajes en el oeste norteamericano. Pero durante la rebelión los soggoths ha­bían desarrollado la capacidad de vivir fuera del agua, ca­pacidad que no se les había inculcado, pues en tierra firme su utilidad era menor que las dificultades que presenta­ba su manejo.

            Durante la edad jurásica los Antiguos habían sufrido una nueva invasión desde el espacio. Esta vez los mons­truos eran unos crustáceos fungoides, los mismos sin duda que figuraban en ciertas leyendas de las colinas de Vermont y que las tribus del Himalaya llaman Mi-Go o abominable hombre de las nieves. Para luchar contra es­tos seres los Antiguos intentaron, por primera vez desde su llegada a la Tierra, volver otra vez al espacio interpla­netario; pero, a pesar de todos los preparativos tradicio­nales, no pudieron dejar la atmósfera terrestre. Cualquiera que fuese el secreto de los viajes interestelares, éste se ha­bía perdido. Al fin los Mi-Go echaron a los Antiguos de las tierras del norte, aunque no pudieron molestar a los que vivían en el mar. Poco a poco comenzó la lenta reti­rada de aquella antigua raza a su hábitat antártico original.

            Era curioso advertir, en la representación mural de las batallas, que la progenie de Cthulhu y los Mi-Go era de una sustancia orgánica muy distinta de la que hoy conoce­mos, aún más que la de los Antiguos. Tenían la facultad de efectuar ciertas transformaciones y reintegraciones im­posibles para sus adversarios, y parecían proceder de los más remotos abismos del espacio cósmico. Los Antiguos, a pesar de la curiosa resistencia de sus organismos, eran estrictamente materiales, y debían de haberse originado en el contínuum espacio-tiempo; el lugar de donde venían los otros era, en cambio, inimaginable. Todo esto, por su­puesto, si las anomalías atribuidas a los invasores no son meramente mitológicas. No es imposible que los Anti­guos hayan ideado unas amenazas cósmicas para justificar sus ocasionales fracasos, ya que el amor por la historia y el orgullo parecían ser las características más notables de su carácter. Es significativo que sus anales no nombrasen muchas razas evolucionadas y poderosas de las que per­sisten oscuras leyendas.

            Las metamorfosis del mundo a lo largo de las edades geológicas aparecían con una animación sorprendente en muchos mapas y escenas esculpidas. En algunos casos ha­bía que revisar nuestras ciencias, pero en otros se confir­maban las más atrevidas de las deducciones. Como ya he dicho, las hipótesis de Taylor, Wegener y Joly, según las cuales todos los continentes son fragmentos de una masa terrestre de origen antártico que la fuerza centrífuga rom­pió e hizo deslizar sobre una superficie técnicamente vis­cosa -hipótesis sugeridas por la existencia de perfiles complementarios, como los de África y América del Sur, y el modo como se alzan las grandes cadenas montaño­sas-, recibieron un sorprendente apoyo de esta fuente in­creíble.

            Algunos mapas mostraban el mundo carbonífero de hace un millón de años con hendiduras y grietas signifi­cativas que separarían más tarde al África de las tierras, entonces unidas, de Europa (la Valusia de las leyendas), Asia, América y el continente antártico. Otros -y princi­palmente uno relacionado con la fundación de la ciudad, hacía cincuenta millones de años- mostraban los conti­nentes actuales bien diferenciados entre sí. Y en los últi­mos ejemplares descubiertos -que datan quizá de la edad pliocena- el mundo de hoy aparecía con bastante. clari­dad a pesar de la unión de Alaska con Siberia, de Europa con Norteamérica (por Groenlandia) y de América de Sur y la Antártida (por la Tierra de Graham). En el mapa car­bonífero todo el globo -tanto las masas de tierra firme como el fondo de los océanos- estaba cubierto de señales que indicaban la posición de las vastas ciudades de piedra, pero en los últimos mapas el retroceso hacia la Antártida era gradual y evidente. En el que correspondía al último período del plioceno no había ciudades en tierra firme, excepto en el continente antártico y el extremo austral de Sudamérica, ni ninguna ciudad oceánica más allá del pa­ralelo cincuenta de latitud sur. El estudio de las tierras del norte y el interés por ellas habían desaparecido casi del todo y sólo vimos en los mapas un esbozo de las líneas costeras hecho probablemente durante algún vuelo de ex­ploración realizado con la ayuda de aquellos abanicos membranosos.

            Tema común en los bajorrelieves era la destrucción de las ciudades a consecuencia de diversos cataclismos: el surgimiento de las montañas, el desplazamiento centrí­fugo de los continentes, las convulsiones sísmicas. A me­dida que pasaban los años, las reconstrucciones eran más raras. La enorme megalópolis que yacía a nuestro alrede­dor, edificada a comienzos del período cretáceo, parecía haber sido el último gran centro de los Antiguos. La re­gión parecía ser un lugar santo donde se habían instalado los primeros seres de esa raza. En la ciudad nueva -mu­chos de cuyos edificios reconoceríamos en las esculturas, pero que se extendía a lo largo de la cadena de montañas por casi doscientos kilómetros- habían sido conservadas algunas piedras pertenecientes a la primera ciudad, cons­truida en los abismos submarinos, y que había surgido a la luz luego de un largo período en que se habían alterado los estratos.

 

8

 

            Danforth y yo estudiamos con especial interés y mucha angustia todo lo que se refería a la ciudad. Los documen­tos abundaban y descubrimos por suerte, al nivel del suelo, una casa más nueva cuyos muros, algo dañados por un derrumbe vecino, describían un período muy poste­rior al del mapa plioceno. Éste fue el último lugar que exa­minamos minuciosamente, pues lo que descubrimos allí nos dio un nuevo e inmediato objetivo.

            Nos encontrábamos, sin duda, en uno de los lugares más extraños, terribles y antiguos del mundo. No tarda­mos en comprender que esta tierra desierta tenía que ser la fabulosa meseta de Leng, que ni aun el autor del Necro­nomicon se había atrevido a describir. La enorme cadena montañosa era increíblemente larga, pues -incluidas sus estribaciones- se extendía desde la tierra de Luitpold, en la costa del mar de Weddell, hasta el otro extremo del continente. Las partes realmente elevadas formaban un arco que nacía a los 80° de latitud y 60° de longitud este, y llegaba a los 70° de latitud y 115° de longitud este. El lado cóncavo enfrentaba nuestro campamento y alcanzaba la costa cubierta de hielo cuyas colinas fueron avistadas por Wilkes y Mawson.

            Pero la naturaleza había erigido unos monstruos ma­yores, y no muy lejos de allí. He dicho que esos picos son más altos que los del Himalaya, pero las esculturas me permiten afirmar que no son los más altos del mundo. Ese frío honor le corresponde sin duda a algo que la mayor parte de las esculturas apenas osan nombrar; otras hablan de eso con una repugnancia y un horror evidentes. Exis­tía, parece, en esas antiguas tierras -las primeras que sur­gieron a la superficie luego de la aparición de la Luna y la llegada de los Antiguos- una parte que era comúnmente evitada a causa de su reputación. Las ciudades edificadas allí se derrumbar

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Publicado por Nidaval @ 12:56 PM  | H. P. Lovecraft
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