sábado, 20 de diciembre de 2008

Me veo obligado a hablar, pues los hombres de ciencia han rehusado seguir mi consejo sin saber por qué. Expon­dré, contra mis deseos, las razones por las que me opongo a ese proyecto de invadir las tierras antárticas en busca de fósiles y de horadar y fundir las antiguas capas de hielo. Y me resisto sobre todo a hablar porque sé que mis adver­tencias serán inútiles.

            Es inevitable, dada su naturaleza, que alguien dude de la verdad de estos hechos; pero si suprimiese lo que puede parecer extravagante e increíble no quedaría nada. Las fo­tografías que poseo, tanto comunes como aéreas, declara­rán a mi favor, pues son muy nítidas y reveladoras. Se ne­gará sin embargo su autenticidad a causa de la posibilidad de un truco. Los dibujos a tinta, naturalmente, serán con­siderados simples imposturas, a pesar de la rareza de una técnica que tiene que sorprender y asombrar a los expertos.

            Deberé al fin remitirme al juicio de los pocos hombres de ciencia que tienen, por una parte, bastante indepen­dencia de criterio como para juzgar mi relato a la luz de sus propios méritos o en relación con ciertos primitivos y sorprendentes ciclos míticos, y, por otra, suficiente in­fluencia como para disuadir, al mundo de los explorado­res, de todo programa temerario, y por demás ambicioso, en la región de esas montañas alucinantes. Por desgracia, yo y mis compañeros somos hombres relativamente poco conocidos, pertenecientes a una universidad de menor importancia, y tenemos muy escasas posibilidades de que se nos preste atención en asuntos raros y discutibles.

            Además, ninguno de nosotros es, en sentido estricto, especialista en lo más importante de estas cosas. En mi ca­lidad de geólogo, mi objeto al organizar la expedición de la Universidad de Miskatonic fue sólo el de procurarme algunas muestras de rocas y suelos profundos de varias partes del territorio antártico, ayudado por la notable ex­cavadora del profesor Frank H. Pabodie, de nuestro de­partamento de ingeniería. No tenía yo la ambición de convertirme en un pionero en otro campo que éste, pero esperaba que la utilización de un nuevo dispositivo mecá­nico en lugares ya explorados anteriormente sacase a la luz materiales no obtenidos hasta ahora con los métodos comunes.

            La excavadora de Pabodie, conocida ya por el público a través de nuestros informes, única por su liviandad y fá­cil manejo, y que combinaba el principió de las excavado­ras artesianas con el de las perforadoras circulares de ro­cas, podía penetrar fácilmente en estratos de la más variada dureza. Pistón y bielas de acero, motor de gaso­lina, torre de madera desmontable, parafernalia dinami­tera, encordado, palas removedoras y una tubería seccio­nal con barrenos de diez centímetros de ancho y capa­ces de llegar a trescientos metros de profundidad; tres tri­neos de siete perros bastaban para arrastrar esa carga y los demás accesorios. Esto era posible gracias a la hábil aleación de aluminio con que estaban fabricadas la mayoría de las piezas. Cinco grandes aeroplanos Dornier, especialmente diseñados para volar a las grandes alturas del techo antár­tico, y provistos de ciertos dispositivos para encender el combustible y mantener su temperatura, inventados por Pabodie, podían transportas nuestra expedición desde una base en la gran barrera de hielo a varios puntos del continente; luego, nos serviríamos de los trineos.

            Era nuestro propósito recorrer una región tan grande como lo permitiese una estación antártica -o más si fuese absolutamente necesario-, operando sobre todo en las cadenas de montañas y la meseta al sur del mar de Ross; regiones ya exploradas diversamente por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Cambiando frecuentemente de campamento gracias a nuestros aeroplanos e instalándo­nos en lugares separados por distancias bastante grandes como para que tuviesen significación geológica, esperába­mos extraer una cantidad realmente excepcional de mate­rial, especialmente de los estratos precámbricos de los que se conocen tan pocas muestras antárticas. Deseábamos también obtener la mayor variedad posible de rocas fosilí­feras superiores, ya que la historia de la vida primitiva en esos reinos de hielo y muerte es de una gran importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Se sabe que el continente antártico fue en un tiempo tem­plado y hasta tropical, con una abundante vida vegetal y animal de la que los líquenes, la fauna marina, los arácni­dos y los pingüinos de la zona norte son los únicos super­vivientes. Era nuestra esperanza ampliar esa información en variedad, precisión y detalle. Cuando la simple trepa­nación revelara signos de fósiles, aumentaríamos el diá­metro de la abertura mediante el uso de la dinamita con el fin de obtener ejemplares de condición y tamaño apro­piados.

            Nuestras perforaciones, de variada profundidad de acuerdo con lo que prometiesen los estratos superiores, estarían limitadas a las superficies terrestres descubiertas o semidescubiertas, o sea, inevitablemente, faldas y ce­rros, a causa de la capa de hielo, de uno o dos kilómetros de espesor, que cubre las partes más bajas. No podíamos perder tiempo en excavar el hielo, aunque Pabodie había ideado introducir electrodos de cobre en las perforacio­nes y fundir así áreas limitadas con la corriente generada por una dínamo. Este mismo plan -que un grupo como el nuestro sólo podía llevar a cabo experimentalmente ­ha sido proyectado por la anunciada expedición Stark­weather-Moore, a pesar de las advertencias que he lan­zado desde nuestro retorno a la Antártida.

            El público ha sabido de la expedición Miskatonic gra­cias a nuestros informes radiofónicos al Arkham Adverti­ser y a la Associated Press, y a los artículos posteriores escritos por Pabodie y por mí. Nuestro grupo estaba for­mado por cuatro hombres de la universidad: Pabodie, Lake, del departamento de biología, Atwood, del departa­mento de física -y también meteorólogo-, y yo, geólogo y comandante nominal. Nos acompañaban dieciséis asis­tentes; siete estudiantes graduados de Miskatonic y nueve hábiles mecánicos. De estos dieciséis, doce eran califica­dos pilotos aéreos, y todos, excepto dos, radiotelegrafistas competentes. Ocho de ellos conocían el arte de navegar con brújula y sextante, lo mismo que Pabodie, Atwood y yo. Además, naturalmente, nuestros dos barcos -ballene­ros de cascos de madera reforzados para navegar entre el hielo y provistos de motores auxiliares- llevaban su tri­pulación completa.

            La Fundación Nathaniel Derby Pickman, con la ayuda de algunas contribuciones especiales, costeaba la ex­pedición; de modo que pudimos prepararnos minuciosa­mente sin recurrir a la publicidad. Perros, trineos, máqui­nas, elementos de campaña, y los cinco aeroplanos des­montados fueron reunidos en Boston; allí cargamos nuestras naves. Para nuestros propósitos específicos es­tábamos muy bien equipados, y en lo que concernía a provisiones, transportes y campamentos aprovechamos la experiencia de nuestros más recientes y brillantes predecesores. Fue el número y la fama de estos mis­mos predecesores lo que hizo que nuestra propia expedi­ción -a pesar de su amplitud- pasara casi inadvertida a los ojos del mundo.

            Como anunciaron los periódicos, partimos de Boston el 2 de septiembre de 1930, y luego de atravesar el canal de Panamá nos detuvimos en Samoa y luego en Hobart, donde completamos nuestras provisiones. Ningún miem­bro de la expedición había visitado nunca las regiones po­lares, de modo que teníamos que confiar enteramente en los capitanes de nuestros barcos: J. B. Douglas, que man­daba el bergantín Arkham, y George Thorfinnssen, co­mandante de la goleta Miskatonic, ambos balleneros vete­ranos en las aguas del sur.

A medida que nos alejábamos del mundo habitado, el sol se ponía más y más hacia el norte y permanecía en el cielo más y más horas. A los 62° de latitud sur vislum­bramos los primeros témpanos -lisos en su parte supe­rior y de lados verticales-, y poco antes de llegar al cír­culo polar antártico, que cruzamos el 20 de octubre festejando el acontecimiento con apropiadas ceremonias, nos encontramos en dificultades con unos campos de hielo. La temperatura, cada vez más baja, me molestaba bastante tras nuestra larga travesía por los trópicos, pero me preparé resignadamente a soportar otras peores. Los curiosos efectos atmosféricos me encantaban de veras; en una ocasión un espejismo particularmente vívido -el pri­mero que yo veía en mi vida- transformó unos témpanos distantes en las almenas de unos inimaginables castillos cósmicos.

            Abriéndonos paso a través de los hielos, que no eran afortunadamente muy extensos ni de gran espesor, reen­contramos el mar libre a los 67° de latitud sur y 175° de longitud este. En la mañana del 26 de octubre apareció al sur una tierra fulgurante, y antes del mediodía nos senti­mos todos excitados- a la vista de una inmensa y nevada cadena montañosa que cubría el horizonte. Nos encon­trábamos al fin ante un puesto de avanzada de aquel gran continente casi desconocido. Estos picos eran parte, evidentemente, de la cadena del Almirantazgo, descu­bierta por Ross; teníamos ahora que doblar el cabo Adare y navegar hacia el sur por la costa este de la Tierra de Victoria hasta arribar a nuestra proyectada base en el es­trecho de McMurdo, al pie del volcán Erebus, a 77°9' de latitud sur.

            Esta última etapa de nuestro viaje sacudió vivamente nuestra imaginación. Altos picos misteriosos y estériles se alzaban sin fin hacia el oeste mientras el bajo sol septen­trional de mediodía y el más bajo aún de medianoche lan­zaban sus nublados rayos rojizos sobre la nieve blanca, los hielos azules y las rocas de granito negro. Por entre las ci­mas desoladas soplaban las furiosas ráfagas intermitentes del terrible viento antártico; sus cadencias sugerían a ve­ces vagamente el sonido de una flauta salvaje, con exten­sas modulaciones, y por algún motivo subconsciente me parecieron intranquilizadoras y hasta oscuramente horri­bles. Había algo en la escena que me recordaba los extra­ños paisajes asiáticos de Nicholas Roerich, y las todavía más perturbadoras descripciones de la legendaria meseta de Leng que se encuentran en el temido Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred. Lamento de veras haber hojeado ese libro monstruoso en la biblioteca de la uni­versidad.

            El 7 de noviembre, ya perdida temporalmente de vista la cadena montañosa, pasamos junto a la isla Franklin, y al día siguiente aparecieron ante nosotros, en la isla Ross, los conos del monte Terror y el monte Erebus, y más allá la larga línea de las montañas Parry. Al este se extendía la baja y blanca barrera de hielo que se elevaba vertical­mente hasta casi cien metros de altura y señalaba los lími­tes de la navegación hacia el sur. En las primeras horas de la tarde entramos en el estrecho de McMurdo y echamos

anclas al pie del humeante monte Erebus. El escoriado pico, de una altura de cuatro mil metros, se alzaba contra el cielo del este como el sagrado Fujiyama en una estampa japonesa; más lejos se veía la mole fantasmal y blanca del volcán apagado conocido como monte Terror, de tres mil doscientos metros de altura.

            El humo surgía del Erebus intermitentemente, y uno de nuestros estudiantes -un joven brillante llamado Dan­forth- señaló lo que parecía un río de lava y nos dijo que esta montaña, descubierta en 1840, había sido sin duda motivo de inspiración de Poe cuando éste escribió siete años más tarde:

 

                        ... las lavas que ruedan sin descanso

                        con sus corrientes sulfurosas por las pendientes del Yaanek

                        en los extremos climas del polo,

                        que ruedan gimiendo por el monte Yaanek

                        en los reinos del polo boreal...

 

            Danforth era un gran lector de libros fantásticos y nos había hablado mucho de Poe. Yo mismo me sentí intere­sado a causa de la escena antártica de la única novela corta del poeta: Las aventuras de Arthur Gordon Pym. En la costa estéril, y en la alta barrera de hielo del fondo, miría­das de grotescos pingüinos chillaban y agitaban sus aletas, y en la superficie del agua numerosas focas nadaban o dormitaban en grandes bloques de hielo flotante.

            El 9 de noviembre, poco después de medianoche, de­sembarcamos con dificultades en la isla de Ross. Dos líneas de cables unían nuestros botes con los barcos para utilizar la descarga. Nuestras impresiones al pisar por pri­mera vez el suelo antártico fueron muy fuertes y comple­jas, aunque este lugar ya había sido visitado por las expe­diciones de Scott y Shackleton. En la costa helada, al pie del monte Erebus, instalamos un campamento provisio­nal; los cuarteles centrales seguirían a bordo del Arkham.

            Llevamos a tierra nuestras excavadoras, los perros, los tri­neos, las tiendas, las provisiones, los tanques de gasolina, los equipos experimentales para fundir el hielo, las cáma­ras fotográficas comunes y aéreas, las piezas de los aero­planos y otros accesorios que incluían tres transmisores de radio portátiles. El transmisor del barco enviaría co­municados a la estación del Arkham Advertiser instalada en Kingsport Head, Massachusetts. Esperábamos comple­tar nuestra tarea en un solo verano antártico, pero si eso fuese imposible invernaríamos en el Arkham, y enviaría­mos el Miskatonic al norte en busca de provisiones para otro verano.

            No necesito repetir lo que ya ha publicado la prensa a propósito de nuestros primeros trabajos: la ascensión al monte Erebus; las exitosas perforaciones en la isla de Ross y la singular velocidad desarrollada por la excavadora de Pabodie aun a través de las rocas más duras; el ensayo preliminar del dispositivo para fundir el hielo; la peligrosa ascensión a la gran barrera con trineos y provisiones; y el agrupamiento de los cinco aeroplanos en la cima de la ba­rrera. La salud de los veinte hombres y los cincuenta y cinco perros de Alaska era verdaderamente notable, aun­que es cierto que hasta ese entonces no habíamos encon­trado temperaturas muy bajas ni grandes tormentas. El termómetro se mantenía casi constantemente entre los diez y los veinte grados bajo cero, y los crudos inviernos de Nueva Inglaterra nos habían acostumbrado ya a ri­gores parecidos. El campamento instalado en la barrera tenía carácter de semipermanente, y allí almacenamos los depósitos de gasolina, las provisiones, la dinamita y otros artículos.

            Sólo se necesitarían cuatro aeroplanos para transpor­tar el material de las exploraciones; el quinto quedaría en el campamento con un piloto y dos marinos para que nos auxiliase si se perdían los otros. Más tarde, cuando ya no necesitásemos de los aparatos como medio de transporte, utilizaríamos uno o dos para que hiciesen de correo entre el depósito de la barrera y una base permanente que pen­sábamos instalar en la gran meseta del sur, situada a unos mil kilómetros, más allá del glaciar de Beardmore. A pesar de los casi unánimes informes sobre los vientos y tempes­tades que asolaban la región, decidimos prescindir de ba­ses intermedias, arriesgándonos en beneficio de la eficien­cia y la economía.

            Los periódicos ya han narrado cómo el 21 de noviem­bre nuestra escuadrilla voló durante cuatro horas sobre las extensiones heladas, con aquellos inmensos picos que se elevaban al oeste, y los abismales silencios que devol­vían el ruido de los motores. El viento no nos molestó mucho, y los inconvenientes de aquella niebla opaca con que nos encontramos fueron subsanados con ayuda de las brújulas. Entre los 83° y 84° de latitud nos encontramos ante unas elevaciones; se trataba del glaciar de Beard­more, el valle de hielo más grande del mundo. El mar he­lado daba lugar ahora a una ceñuda cadena montañosa. Estábamos entrando al fin en el extremo sur: un mundo blanco, muerto desde hacía millones de años. Al este vis­lumbramos la mole del monte Nansen, de una altura de casi cuatro mil quinientos metros.

            La exitosa instalación de la base del sur en el glaciar, a los 86°7' de latitud, y a los 174°23' de longitud este, y la rapidez y efectividad con que se efectuaron perforaciones y voladuras en diversos puntos alcanzados por trineos y aviones, son de todos conocidas. Lo mismo diré de la difí­cil y feliz ascensión al monte Nansen de Pabodie y dos de los estudiantes -Gedney y Carroll- entre el 13 y el 15 de diciembre. Estábamos a unos dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y como las perforaciones experi­mentales revelaron en algunos sitios (a sólo cuatro metros de profundidad) la presencia de tierra firme, recurrimos frecuentemente a los dispositivos de fundición y hundi­mos barrenos y efectuamos voladuras donde los exploradores anteriores no habían pensado pudiera haber mine­rales. Los granitos y gredas precámbricos así obtenidos confirmaron nuestra idea de que la meseta era de la misma naturaleza que la gran masa continental del oeste, pero en cierto modo distinta de las partes que se extien­den hacia el este, bajo Sudamérica. Pensamos entonces que estas últimas formaban un continente independiente y pequeño, separado del mayor por ciertas regiones hela­das de los mares de Ross y Weddell; pero Byrd negó más tarde esta hipótesis.

            En ciertas gredas, dinamitadas y trabajadas con el es­coplo luego de que los barrenos revelaron su naturaleza, encontramos algunas huellas y fragmentos fósiles del más alto interés: helechos, algas, trilobites, crinoineos, y mo­luscos tales como língulas y gasterópodos. Todos ellos pa­recían tener gran importancia para la historia primitiva de esas regiones. Descubrimos igualmente una huella muy curiosa, estriada y triangular, de unos treinta centímetros de ancho en su parte mayor, que Lake reconstruyó uniendo tres fragmentos de esquisto obtenidos mediante una voladura profunda. Estos fragmentos provenían de un punto situado al oeste, cerca de la cadena de la Reina Ale­jandra. Lake, como biólogo, pareció encontrar estos frag­mentos particularmente intrigantes y provocativos, aun­que para mis ojos de geólogo no presentaban sino ese efecto de rizo bastante común en las rocas sedimentarias. Como los esquistos no son más que formaciones meta­mórficas en las que un estrato sedimentario ha sido some­tido a presión, y como basta esta última para que cual­quier huella pueda ser curiosamente deformada, yo no veía motivos para sorprenderse ante esa figura con estrías.

            El 6 de enero de 1931, Lake, Pabodie, Daniels, seis es­tudiantes, cuatro mecánicos y yo volábamos sobre el polo sur en dos de los aeroplanos cuando nos vimos obli­gados a descender a causa de un huracán repentino que, afortunadamente, no se convirtió en una tormenta típica.

            Éste era, como dijeron los periódicos, uno de los varios vuelos de observación con que tratábamos de descubrir nuevos accidentes topográficos en áreas no alcanzadas por expediciones anteriores. Nuestros primeros vuelos fueron en este sentido decepcionantes, aunque nos sumi­nistraron magníficos ejemplos de los fantásticos y enga­ñosos espejismos de esas regiones, de los cuales nuestro viaje por mar ya nos había anticipado algo. Montañas leja­nas flotaban en el cielo como ciudades encantadas, y muy a menudo todo aquel mundo blanco se convertía en una tierra dorada, plateada y roja, como nacida de un sueño de Dunsany y plena de aventurera expectación ante la ma­gia del sol bajo de medianoche. En los días nublados nues­tros vuelos eran bastante dificultosos ya que la tierra ne­vada y el cielo se transformaban en un único abismo opalescente sin horizonte visible.

            Al fin resolvimos trasladarnos en nuestros cuatro ae­roplanos y establecer una nueva base a unos ochocientos kilómetros al este, en un punto situado en la que conside­rábamos por error la división continental más pequeña. Las muestras geológicas que obtuviésemos servirían para establecer comparaciones. Nuestro estado de salud seguía siendo excelente -el zumo de limón bastaba para con­trarrestar los efectos de una dieta basada en alimentos en­vasados o salados-, y la no muy baja temperatura nos permitía prescindir de nuestros abrigos más gruesos. Está­bamos entonces en verano, y si nos dábamos prisa podría­mos terminar nuestras investigaciones antes del mes de abril y evitar así una fastidiosa invernada durante la larga noche antártica. Ya habíamos soportado algunas tormen­tas del este, pero no habíamos sufrido mayores daños gra­cias al ingenio de Atwood, que había hecho construir unos cobertizos rudimentarios para los aviones y había reforzado las principales instalaciones del campamento con muros de nieve. Nuestro éxito y buena suerte habían sido hasta entonces verdaderamente increíbles.

            El mundo exterior conocía, por supuesto, nuestro programa, y supo asimismo de la curiosa y tozuda insis­tencia de Lake en hacer una incursión por el oeste -o más bien por el noroeste- antes de instalarnos definitiva­mente en la nueva base. Parecía que había meditado mu­cho -con una preocupación realmente singular- sobre la huella triangular del esquisto, y le parecía haber descu­bierto una cierta contradicción entre su naturaleza y el período geológico del terreno. Su curiosidad se había acrecentado sobremanera, y sentía los más vivos deseos de practicar nuevas perforaciones en la formación monta­ñosa que corría hacia el oeste. Tenía la curiosa convicción de que esa huella pertenecía a un animal voluminoso, des­conocido y del todo inclasificable; de una evolución nota­blemente avanzada a pesar de que la roca a que pertenecía .            databa del período cámbrico, si no del precámbrico, lo que excluía la probable existencia no sólo ya de organis­mos del más alto desarrollo, sino también de toda vida ex­cepto en formas unicelulares o trilobíticas. Estos fragmen­tos y la huella debían de tener entre quinientos millones y mil millones de años.

 

2

 

            Supongo que el público debió de manifestar un interés muy vivo ante nuestro anuncio de que Lake partía hacia el noroeste internándose en regiones donde nunca había penetrado ningún ser humano, ni siquiera con la imagina­ción, y a pesar de que no mencionamos sus extravagantes esperanzas de revolucionar la biología y la geología. Sus primeras perforaciones, realizadas entre el 11 y el 18 de enero en compañía de Pabodie y otros cinco hombres -y durante las cuales se perdieron dos perros al cruzar una de las grietas abiertas en el hielo por la presión-, habían dado como resultado la obtención de numerosos esquis­tos arqueanos. Hasta yo me interesé por la evidente pro­fusión de marcas de fósiles en aquel estrato increíble­mente antiguo. Estas marcas, sin embargo, que eran de formas de vida muy primitivas, no encerraban ninguna extrema paradoja, salvo la novedad de la abundancia de fósiles en rocas precámbricas. Por lo tanto siguió pare­ciéndome inoportuno interrumpir nuestro programa para un intermedio que requeriría la utilización de cuatro aero­planos, muchos hombres, y casi todos los aparatos de la expedición. Sin embargo, no veté el plan; pero decidí no acompañar la expedición, a pesar de los ruegos de Lake, que quería contar con mis conocimientos de geología. Me quedaría en la base con Pabodie y cinco hombres prepa­rando nuestro viaje hacia el este. Uno de los aparatos ya había comenzado a trasladar una gran cantidad de gaso­lina desde el estrecho de McMurdo; pero este trabajo po­día interrumpirse por ahora. Conservé un trineo y nueve perros, pues no era prudente quedarse sin medios de transporte en aquel mundo muerto y desamparado.

            La expedición de Lake hacia lo desconocido, como to­dos recordarán, envió sus comunicados desde los transmi­sores de onda corta de los aviones; estos mensajes fueron recogidos simultáneamente por el aparato de nuestra base y por el Arkham, anclado en el estrecho de McMurdo. De allí fueron enviados al mundo por la banda de cincuenta metros. El viaje se inició el 22 de enero a las cuatro de la mañana; dos horas más tarde recibimos el primer comuni­cado: Lake estaba efectuando algunas perforaciones y fun­diendo el hielo en pequeña escala en un punto situado a unos trescientos kilómetros de nuestra base. Seis horas después llegó un segundo y excitado mensaje en que se nos informaba que luego de dinamitar una abertura no muy profunda se habían descubierto varios esquistos con marcas aproximadamente similares a la que tanto nos ha­bía intrigado.

            Tres horas más tarde un breve boletín anunciaba la re­anudación del vuelo en el seno de una furiosa tormenta. Envié inmediatamente un mensaje a Lake indicándole que no se arriesgase más, pero éste me contestó que las nuevas muestras autorizaban cualquier riesgo. Comprendí que su excitación era tanta que rehusaría obedecerme, y que yo nada podría hacer para impedir que junto con Lake fraca­sase toda la expedición. Me aterrorizaba la idea de que Lake y sus compañeros estaban internándose más y más en aquella blanca inmensidad de tempestades e insonda­bles misterios de una extensión de dos mil kilómetros y que llegaba hasta las costas casi desconocidas de la Reina Mary y de Knox.

            Una hora y media más y llegó aquel nuevo mensaje de Lake que alteró totalmente mi ánimo y me hizo lamentar no haberlos acompañado.

            «10.05. En pleno vuelo. Luego de una tormenta de nieve hemos vislumbrado las montañas más altas de todas las que hemos encontrado hasta ahora. Pueden igualar

a las del Himalaya, si se tiene en cuenta la altura de la me­seta. Latitud probable: 76°15'; longitud este: 113°10'. Se extienden del este al oeste, hasta donde alcanza la vista. Hemos creído ver dos conos volcánicos humeantes. Picos oscuros y sin nieve. El viento que sopla entre ellos impide la navegación.»

            Después de esto mis compañeros y yo no abandona­mos el receptor. La idea de esta titánica cadena monta­ñosa, situada a mil kilómetros de nosotros, inflamaba nuestros deseos de aventura. Nos regocijamos de que nuestra expedición, ya que no nosotros mismos, hubiese sido su descubridora. Media hora más tarde Lake nos llamó:

            «El aparato de Moulton ha hecho un aterrizaje for­zoso; pero no hay heridos y creemos que es posible repa­rar los daños. Hemos trasladado lo más importante a los otros tres aviones para el momento del regreso o por si fuese necesario seguir adelante. Por ahora no hace falta utilizar los aviones como transporte. Las montañas sobre­pasan todo lo imaginable. Iré a explorar con el aeroplano de Carroll. Le hemos quitado la carga.

            Esto es absolutamente fantástico. Los picos más altos deben de superar los diez mil metros de altura. El Everest no puede comparárseles. Atwood tratará de establecer la altura exacta con el teodolito mientras Carroll y yo reali­zamos nuestro vuelo. Quizá me haya equivocado a pro­pósito de los conos, pues el terreno parece estratificado. Posiblemente sean esquistos precámbricos junto con otras formaciones. Los contornos, recortados contra el cielo, tienen un aspecto muy curioso: secciones regulares de cubos que llegan hasta los más altos picos. Un espec­táculo maravilloso bajo la luz rojo-dorada del sol bajo. Como una tierra misteriosa de ensueño o el umbral de un mundo prohibido de maravillas vírgenes.             Desearíamos que usted estuviese aquí para ayudarnos a investigar.»

            Aunque era técnicamente hora de dormir, ninguno de nosotros pensó un momento en irse a la cama. Lo mismo debía de ocurrir en el estrecho de McMurdo, pues la base de aprovisionamiento y el Arkham recibían también los comunicados. En efecto, el capitán Douglas nos envió a todos un mensaje de congratulaciones por el importante descubrimiento, y Sherman, el operador de la base, nos dijo también unas palabras. Lamentábamos por supuesto los daños que había sufrido el aeroplano, pero teníamos la esperanza de que pudieran repararse con facilidad. A las 11 de la noche nos llegó otro mensaje de Lake:

            «Estamos volando con Carroll entre los contrafuertes más altos. No hemos intentado acercarnos a los picos a causa del tiempo; lo haremos más tarde. La ascensión es difícil, pero vale la pena. Las montañas se aprietan unas contra otras; imposible ver del otro lado. Las cimas más altas exceden a las del Himalaya, y son muy curiosas. Per­tenecen seguramente al sistema precámbrico. No tienen nada de volcánicas. No hay nieve más allá de los seis mil rnetros de altura.

            »En las faldas de los picos más altos hay formaciones muy raras. Grandes bloques cuadrados de lados verticales y alineaciones regulares cortadas a pico como los viejos castillos asiáticos en las montañas abruptas pintadas por Roerich. Impresionan sobremanera vistas desde cierta dis­tancia. Nos hemos acercado a algunas y Carroll cree que están formadas por fragmentos independientes, pero esto es sin duda efecto de la erosión. Las aristas parecen des­gastadas y redondeadas como si hubiesen estado expues­tas a las tormentas y a los cambios de clima durante millo­nes de años.

            Algunas partes, especialmente las superiores, son de rocas más claras que los estratos visibles de las pendien­tes; origen cristalino, es indudable. Desde cerca se advier­ten unas cuevas con entradas de forma curiosamente re­gular: cuadradas o semicirculares. Tienen que venir e investigar con nosotros. Creo haber visto un macizo cua­drado en lo alto de una de las montañas. La altura parece variar entre los nueve mil y los diez mil metros. Hemos llegado a una altura de seis mil quinientos metros; hace un frío infernal. El viento pasa y silba por los desfiladeros y las entradas de las cavernas, pero volamos bastante lejos y no hay peligro.»

            Lake continuó sus comentarios durante una media hora y expresó su intención de subir a pie a alguno de los picos. Le respondí que me uniría a él tan pronto como pu­diese enviarme un aparato, y que Pabodie y yo estudiaría­mos el mejor modo de concentrar la gasolina en vista del nuevo carácter que había tomado la expedición. Era evi­dente que las operaciones de Lake, lo mismo que las acti­vidades de sus aeroplanos, requerirían una gran cantidad de combustible, y era muy probable, después de todo, que el vuelo hacia el este no pudiera efectuarse durante un tiempo. Llamé al capitán Douglas y le pedí que con la ayuda de los perros que habían quedado con nosotros lle­vara todo el combustible posible a la barrera de hielo. Queríamos establecer una ruta directa entre Lake y el es­trecho de McMurdo.

            Lake me llamó más tarde para comunicarme su deci­sión de establecer el campamento en el lugar en que el ae­roplano de Moulton se había visto obligado a descender y donde se estaban efectuando las reparaciones. La capa de hielo era muy delgada, y dejaba ver la tierra en algunos lu­gares. Antes de hacer algunas incursiones en trineo, o de intentar una ascensión, iban a hacer allí mismo varias per­foraciones. Nos habló de la inefable majestad del paisaje y de sus extrañas sensaciones al encontrarse al pie de aque­llos vastos y silenciosos pináculos que se alzaban al cielo como una muralla en el borde mismo del mundo. Las ob­servaciones de Atwood con el teodolito habían permitido establecer la altura de los cinco picos más elevados: entre los nueve mil y los diez mil doscientos metros de altura. Lake estaba indudablemente perturbado por la naturaleza del suelo, pues éste revelaba la existencia ocasional de prodigiosas tormentas, de una violencia superior a todas las que habíamos encontrado. Su campamento se alzaba a unos ocho kilómetros de los primeros contrafuertes. Me pareció advertir algo así como una alarma subconsciente en el mensaje -lanzado a través de un vacío de mil kiló­metros- en el que nos pedía que nos apresuráramos y terminásemos cuanto antes nuestros trabajos en aquella nueva región. Iba a descansar ahora, luego de aquella jor­nada de apresurada y dura labor.

            A la mañana siguiente hablé por radio con Lake y el capitán Douglas. Decidimos que uno de los aeroplanos de Lake vendría a nuestra base y recogería a Pabodie, a otros cinco hombres y a mí, junto con toda la gasolina que pu­diese cargar. En cuanto al resto del combustible, todo de­pendía de que hiciésemos o no el viaje al este, así que po­día esperar. Lake tenía bastante por ahora para satisfacer a las necesidades del campamento. Habría que suministrar gasolina a la base del sur. Si posponíamos nuestra incur­sión por el este, no la usaríamos hasta el próximo verano, y, mientras tanto, Lake enviaría un avión para que bus­case una ruta directa entre esas nuevas montañas y el es­trecho de McMurdo.

            Pabodie y yo nos preparamos a abandonar nuestro campamento durante un tiempo más o menos largo. Si in­vernábamos en la Antártida podríamos volar directa­mente de la base de Lake al Arkham sin volver aquí. Algu­nas de nuestras tiendas cónicas ya habían sido reforzadas por bloques de nieve endurecida, y decidimos completar el trabajo convirtiendo el campamento en una verdadera aldea. Lake se había llevado un número considerable de tiendas, así que nuestra llegada no aparejaría mayores in­comodidades. Comuniqué a Lake que Pabodie y yo esta­ríamos preparados para viajar hacia el norte al día si­guiente.

            Nuestros preparativos, sin embargo, no comenzaron hasta después de las cuatro de la tarde, pues poco antes de esa hora Lake nos envió unos mensajes extraordinarios y excitados. El día había comenzado mal, pues no habían podido descubrir, en un vuelo de reconocimiento, los es­tratos primitivos que formaban la mayor parte de las ci­mas. Casi todas las rocas eran aparentemente jurásicas y cománchicas, y esquistos pérmicos y triásicos. De cuando en cuando algunas manchas brillantes y negras sugerían la presencia de carbón. Lake estaba descorazonado, pues te­nía la intención de desenterrar ejemplares de más de qui­nientos millones de años de antigüedad. Era evidente que si quería examinar los estratos en que había descubierto aquellas curiosas huellas, tendría que hacer un largo viaje en trineo hasta las faldas mismas de las montañas.

            Resolvió, sin embargo, hacer algunas perforaciones como parte del programa general. Instaló, pues, la excava­dora y puso a cinco hombres en el trabajo mientras el

resto aseguraba las tiendas y reparaba el dañado avión. Se eligió para extraer las primeras muestras una roca blanda -a unos centenares de metros del campamento- y la ex­cavadora hizo excelentes progresos sin necesidad de recu­rrir con mucha frecuencia a la dinamita. Tres horas más tarde, luego de la primera explosión verdaderamente fuerte, se oyeron los gritos del equipo de perforaciones, y el joven Gedney, que dirigía los trabajos, corrió al campa­mento con las sorprendentes noticias.

            Habían descubierto una caverna. Después de las pri­meras perforaciones, la greda había dado lugar a una vena de terreno calcáreo cománchico en el que abundaban los fósiles diminutos: cefalópodos, corales y equinoideos, con algunos indicios de esponjas silíceas y huesos de animales vertebrados marinos -probablemente teleósteos, escua­los y ganoideos-. Esto tenía ya su importancia, pues eran los primeros fósiles vertebrados que había descu­bierto la expedición; pero cuando poco después la cabeza del trépano atravesó de parte a parte un estrato y encon­tró el vacío, una intensa y redoblada ola de excitación in­vadió a los excavadores. Una carga de dinamita había bas­tado para descubrir el subterráneo secreto; y ahora, a través de una abertura de un metro y medio de largo por un metro de ancho, los miembros de la expedición pudie­ron contemplar una cavidad abierta hacía más de cin­cuenta millones de años por las aguas de un mundo tropi­cal desaparecido.

            La caverna no llegaba a los dos metros y medio de profundidad, pero se extendía indefinidamente en todas direcciones, y una fresca corriente de aire sugería que era parte de un extenso sistema subterráneo. El techo y el suelo estaban abundantemente adornados con estalactitas y estalagmitas, algunas de las cuales se unían y formaban columnas. Pero lo más importante era la abundancia de conchas y huesos que en algunos lugares casi cerraban el paso. El depósito contenía más representantes de los períodos cretáceo y eoceno (procedentes de las junglas des­conocidas de helechos arbóreos y hongos mesozoicos, bosques de cicadáceas, palmeras y angiospermas tercia­rias) que los que el más hábil de los paleontólogos pudiera reunir o clasificar en un año. Moluscos, armaduras de crustáceos, pescados, anfibios, reptiles, pájaros y mamífe­ros primitivos..., grandes y pequeños, conocidos y desco­nocidos. No era raro que Gedney corriera al campa­mento, dando gritos, y no era raro tampoco que todos dejaran inmediatamente el trabajo y se precipitaran a tra­vés de aquel aire helado hacia el lugar donde la torre per­foradora señalaba una nueva vía de acceso a los secretos del interior de la tierra y las desvanecidas edades.

            Cuando Lake satisfizo su primer impulso de curiosi­dad, garabateó un mensaje en su libreta de notas y envió al joven Moulton al campamento para que lo despachara por radio. Así me enteré por primera vez del descubri­miento. Lake había identificado algunas conchas primi­tivas, huesos de ganoideos y placodermos, restos de la­berintodontes y tecodontes, trozos de cráneos de mesosaurios, vértebras de dinosaurios, dientes y huesos de alas de pterodáctilos, fragmentos de arqueoptérix, dientes de escualos miocénicos, cráneos de aves primiti­vas, y otros huesos de mamíferos arcaicos como paleote­rios, xifodontes, eohippi, oreodontes y titanotheres. No había huellas de mastodontes, elefantes, camellos, ciervos o animales bovinos; por lo tanto, Lake concluyó que los últimos depósitos se habían producido durante el período oligoceno, y que la caverna había permanecido seca e inaccesible por lo menos durante treinta millones de años.

            Por otra parte, la preeminencia de formas de vida muy primitivas era realmente sorprendente. No había duda de que los terrenos (como lo probaba la presencia de ciertos fósiles típicos como los ventriculites) eran cománchicos, y no más antiguos. Sin embargo, la caverna contenía un nú­mero sorprendente de organismos considerados hasta en­tonces como pertenecientes a un período muy anterior. Hasta había peces, corales y moluscos rudimentarios de períodos tan remotos como el silúrico o el ordo

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Publicado por black_rossen @ 12:50 PM  | H. P. Lovecraft
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