martes, 30 de septiembre de 2008

 

 

H. P. Lovecraft

LA LLAMADA DE CTHULHU

 

 

Es concebible que tales potencias o seres hayan sobrevivido...

hayan sobrevivido a una época infinitamente remota don­de...

la conciencia se manifiesta, quizá, bajo cuerpos y for­mas que

ya hace tiempo que se retiraron ante la marea de la ascendente

humanidad... formas de las que sólo la poesía y la leyenda han

conservado un fugaz recuerdo con el nombre de dioses,

monstruos, seres míticos de toda clase y especie...

                                                 

                                                     ALGERNON BLACKVOOD

 

 

  1. EL BAJORRELIEVE DE ARCILLA

 

            No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapaci­dad de la mente humana para relacionar entre sí todo lo que hay en ella. Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han causado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posi­ción que en ella ocupamos, perspectivas tan terribles que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa fu­nesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas.

            Algunos teósofos han sospechado la majestuosa gran­deza del ciclo cósmico del que nuestro mundo y nuestra raza no son más que fugaces incidentes. Han señalado ex­trañas supervivencias en términos que nos helarían la san­gre si no estuviesen disfrazados por un blando opti­mismo. Pero no son ellos los que me han dado la fugaz visión de esos dones prohibidos, que me estremecen cuando pienso en ellos, y me enloquecen cuando sueño con ellos. Esa visión, como toda temible visión de la ver-

dad, surgió de una unión casual de elementos diversos; en este caso, el artículo de un viejo periódico y las notas de un profesor ya fallecido. Espero que ningún otro logre lle­var a cabo esa unión; yo, por cierto, si vivo, no añadiré voluntariamente un solo eslabón a tan espantosa cadena. Creo, por otra parte, que el profesor había decidido, tam­bién, no revelar lo que sabía, y que si no hubiese muerto repentinamente, habría destruido sus notas.

            Tuve por primera vez conocimiento de este asunto en el invierno de 1926-1927, a la muerte de mi tío abuelo, George Gammel Angell, profesor honorario de lenguas semíticas en la Universidad de Brown, Providence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad vastamente conocida en materia de antiguas inscripciones y a él ha­bían recurrido con frecuencia los conservadores de los más importantes museos. Muchos deben por lo tanto re­cordar su desaparición, acaecida a la edad de noventa y dos años. Las oscuras razones de su muerte aumentaron aún más el interés local. El profesor había muerto mien­tras volvía del barco de Newport, y, según afirman los tes­tigos, luego de recibir el empellón de un marinero negro. Éste había surgido de uno de los curiosos y sombríos pa­sajes situados en la falda abrupta de la colina que une los muelles a la casa del muerto, en Williams Street. Los médicos, incapaces de descubrir algún desorden orgánico, concluyeron, luego de un perplejo cambio de opiniones, que la muerte debía atribuirse a una oscura lesión del co­razón, determinada por el rápido ascenso de una cuesta excesivamente empinada para un hombre de tantos años. En ese entonces no vi ningún motivo para disentir de ese diagnóstico, pero hoy tengo mis dudas... y algo más que dudas.

            Como heredero y albacea de mi tío abuelo, viudo y sin hijos, era de esperar que yo examinara sus papeles con cierta atención. Trasladé con ese propósito todos sus ar­chivos y cajas a mi casa de Boston. El material ordenado por mí será publicado en su «mayor parte por la Sociedad Americana de Arqueología; pero había una caja que me pareció sumamente enigmática, y sentí siempre repugnan­cia a mostrársela a otros. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió examinar el llavero que el profesor llevaba siempre consigo. Logré abrirla entonces, pero me encontré con otro obstáculo mayor y aún más impenetrable. ¿Qué significado podían tener ese curioso bajorrelieve de arcilla, y esas notas, fragmentos y recortes de viejos periódicos? ¿Se había convertido mi tío, en sus últimos años, en un devoto de las más superficiales im­posturas? Resolví buscar al excéntrico escultor que había alterado la paz mental del anciano.

            El bajorrelieve era un rectángulo tosco de dos centí­metros de espesor y de unos treinta o cuarenta centíme­tros cuadrados de superficie; indudablemente de origen moderno. Los dibujos, sin embargo, no eran nada moder­nos, ni por su atmósfera ni por su sugestión; pues aunque las rarezas del cubismo y el futurismo sean numerosas y extravagantes, no suelen reproducir esa críptica regulari­dad de la escritura prehistórica. Y la mayor parte de los dibujos parecía ser ciertamente alguna especie de escri­tura. A pesar de mi familiaridad con los papeles y colec­ciones de mi tío, no logré identificarla, ni sospechar si­quiera alguna remota relación.

            Sobre estos supuestos jeroglíficos había una figura de carácter evidentemente representativo, aunque la ejecu­ción impresionista impedía comprender su naturaleza. Parecía una especie de monstruo, o el símbolo de un monstruo, o una forma que sólo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir. Si digo que mi imaginación, algo extravagante, se representó a la vez un pulpo, un dra­gón y la caricatura de un ser humano, no traicionaré el es­píritu del dibujo. Sobre un cuerpo escamoso y grotesco, provisto de alas rudimentarias, se alzaba una cabeza pul­posa y coronada de tentáculos; pero era el contorno general lo que la hacía más particularmente horrible. Detrás de la figura se esbozaba una arquitectura ciclópea.

            Las notas que acompañaban a este curioso objeto, además de unos recortes de periódicos, habían sido escri­tas por el profesor mismo y no tenían pretensiones litera­rias. El documento en apariencia más importante estaba encabezado por las palabras EL CULTO DE CTHULHU, escri­tas cuidadosamente en caracteres de imprenta para evitar todo error en la lectura de un nombre tan desconocido. El manuscrito se dividía en dos secciones: la primera tenía el siguiente título: «1925. Sueño y obra onírica de H. A. Wil­cox, Thomas Street 7, Providence. R. L», y la segunda: «Informe del inspector John R. Legrasse, Bienville Street 121, Nueva Orleans, a la Sociedad Americana de Arqueo­logía, 1928. Notas del mismo y del profesor Webb». Las otras notas manuscritas eran todas muy breves: relatos de sueños curiosos de diferentes personas, o citas de libros y revistas teosóficos (principalmente La Atlántida y la Le­muria perdida de W. Scott-Elliot), y el resto comentarios acerca de la supervivencia de las sociedades y cultos secre­tos, con referencia a pasajes de tratados mitológicos y an­tropológicos como La rama dorada de Frazer, y El culto de las brujas en Europa Occidental de la señorita Murray. Los recortes de periódicos aludían principalmente a casos de enajenación mental y a crisis de demencia colectiva en la primavera de 1925.

            La primera parte del manuscrito principal relataba una historia muy curiosa. Parece que el primero de marzo de 1925, un joven delgado, moreno, de aspecto neurótico, y presa de una gran excitación, había visitado al profesor Angell con el singular bajorrelieve de arcilla, entonces to­davía fresco y húmedo. En su tarjeta se leía el nombre de y Henry Anthony Wilcox, y mi tío había reconocido en él al hijo menor de una excelente familia, con la que estaba ligeramente relacionado. Wilcox, que desde hacía un tiempo estudiaba dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Rhode Island, y que vivía en el hotel Fleur de Lys muy cerca de esta institución, era un joven precoz de genio in­dudable, pero muy excéntrico. Desde su infancia había llamado la atención por las historias y sueños extraños que se complacía en relatar. Se denominaba a sí mismo «físicamente hipersensitivo»; pero la gente seria de la vieja ciudad comercial lo consideraba simplemente «raro». No había frecuentado nunca a los de su clase y poco a poco ha­bía ido retirándose de toda actividad social. Actualmente sólo era conocido por algunos estetas de otras ciudades. La Asociación Artística de Providence, deseosa de preser­var su conservadurismo, lo había desahuciado.

            En aquella visita, decía el manuscrito, el escultor había pedido bruscamente la ayuda de los conocimientos ar­queológicos de su huésped para identificar los jeroglíficos. El joven hablaba de un modo pomposo y descuidado que impedía simpatizar con él. Mi tío le respondió con seque­dad, pues la evidente edad de la tablilla excluía toda posi­ble relación con las ciencias arqueológicas. La réplica del joven Wilcox, que impresionó bastante a mi tío como para que la reprodujera palabra por palabra, tuvo ese énfa­sis poético que caracterizaba sin duda su conversación ha­bitual.

—Es nueva, es cierto —le dijo—, pues la hice anoche mientras soñaba con extrañas ciudades; y los sueños son más viejos que la cavilosa Tiro, la contemplativa Esfinge, o Babilonia, guarnecida de jardines.

            Y comenzó a narrar una historia desordenada que, de pronto, despertó en mi tío un recuerdo. El anciano se mostró febrilmente interesado. La noche anterior había habido un leve temblor de tierra —el más violento de los que habían sacudido Nueva Inglaterra en esos años últi­mos— que había afectado terriblemente la imaginación de Wilcox. Ya en cama, y por primera vez en su vida, había visto en sueños unas ciudades ciclópeas de enormes blo­ques de piedra y gigantescos y siniestros monolitos de un horror latente, que exudaban un limo verdoso. Muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y de las profundi­dades de la tierra, de algún punto indeterminado, venía una voz que no era una voz, sino más bien una sensación confusa que sólo la fantasía podía traducir en sonidos, y que trató de expresar por medio de esta unión de letras casi impronunciables: Cthulhu fhtagn.

            Esta mezcla de letras fue la llave del recuerdo que ex­citó y perturbó al profesor Angell. Interrogó al escultor con una minuciosidad científica, y estudió con intensidad casi frenética el bajorrelieve que el joven había estado es­culpiendo en sueños, vestido sólo con su ropa de dormir, y temblando de frío. Mi tío achacó a su avanzada edad, dijo Wilcox más tarde, el no reconocer con rapidez los jeroglíficos y el dibujo. Muchas de sus preguntas le pare­cieron un poco fuera de lugar a su visitante, especialmente aquellas que trataban de relacionar a este último con so­ciedades y cultos extraños; y Wilcox no pudo entender por qué mi tío le prometió repetidamente guardar silen­cio si admitía ser miembro de una de las tan numerosas sectas paganas o místicas. Cuando el profesor quedó al fin convencido de que Wilcox ignoraba de veras toda doc­trina o culto secretos, le suplicó que no dejara de infor­marle acerca de sus sueños. Esta petición dio sus frutos, pues a partir de esa primera entrevista el manuscrito men­ciona las visitas diarias del joven y la descripción de sor­prendentes visiones nocturnas cuyo tema principal era siempre unas construcciones ciclópeas de piedra, húme­das y oscuras, y una voz o inteligencia subterránea que gritaba una y otra vez, en enigmáticos y sensibles impac­tos, algo indescriptible. Los dos sonidos que se repetían con más frecuencia eran los representados por las pala­bras Cthulhu y R'lyeh.

            El 23 de marzo, continuaba el manuscrito, Wilcox faltó a la cita. Una investigación realizada en el hotel re­veló que había sido atacado por una fiebre de origen desconocido y que lo habían llevado a casa de sus padres, en Waterman Street. Se había puesto a gritar en medio de la noche, despertando a varios artistas que vivían en el mismo hotel, y desde entonces había pasado alternativa­mente de la inconsciencia al delirio. Mi tío telefoneó en seguida a la familia, y desde ese momento siguió de cerca el caso, yendo a menudo a la oficina del doctor Tobey, en Thayer Street, médico de cabecera del joven. La mente fe­bril de Wilcox alimentaba, aparentemente, extrañas imá­genes; el doctor se estremeció al recordarlas. No sólo in­cluían una repetición de los sueños anteriores, sino también una criatura gigantesca «de varios kilómetros de altura que caminaba o se movía pesadamente. Wilcox nunca la describía en todos sus detalles, pero las pocas e incoherentes palabras que recordaba el doctor Tobey convencieron al profesor de que aquél era el monstruo que el joven había intentado representar. Cuando Wilcox se refería a su obra, añadió el doctor, caía en seguida, inva­riablemente, en una especie de letargo. Cosa rara, su tem­peratura no estaba nunca por encima de lo normal; sin embargo, su estado se parecía más al de una fiebre vio­lenta que al de un desorden del cerebro.

            El 2 de abril a las tres de la tarde, la enfermedad cesó de pronto. Wilcox se sentó en la cama, asombrado de en­contrarse en casa de sus padres, e ignorando totalmente lo que había ocurrido en sus sueños o en la realidad desde el 22 de marzo. Como el médico declarara que estaba cu­rado, a los tres días volvió a su hotel. Pero ya no le fue de ninguna utilidad al profesor Angell. Junto con su enfer­medad se habían desvanecido todos aquellos sueños, y luego de oír durante una semana los relatos inútiles e irre­levantes de unas muy comunes visiones, mi tío dejó de anotar los pensamientos nocturnos del artista.

            Aquí terminaba la primera parte del manuscrito, pero las abundantes notas invitaban de veras a la reflexión. Sólo el escepticismo inveterado que informaba entonces mi filosofía puede explicar mi persistente desconfianza. Las notas describían lo que habían soñado diversas perso­nas en el mismo período en que el joven Wilcox había te­nido sus extrañas revelaciones. Mi tío, parecía, había orga­nizado rápidamente una vasta encuesta entre casi todos aquellos a quienes podía interrogar sin parecer imperti­nente, pidiendo que le contaran sus sueños y le comunica­ran las fechas de todas las visiones notables. Las reaccio­nes habían sido variadas; pero el profesor recibió más respuestas que las que hubiese obtenido cualquier otro hombre sin la ayuda de un secretario. Aunque no con­servó la correspondencia original, las notas formaban un completo y muy significativo resumen. La aristocracia y los hombres de negocios —la tradicional «sal de la tierra» de Nueva Inglaterra— dieron un resultado casi completa­mente negativo, aunque hubo algunos pocos casos de in­formes de impresiones nocturnas, siempre entre el 13 de marzo y el 2 de abril, período de delirio del joven escul­tor. Los hombres de ciencia no fueron tampoco muy afec­tados, aunque por lo menos cuatro vagas descripciones sugerían la visión fugaz de extraños paisajes, y uno de ellos hablaba del temor a algo anormal.

            Las respuestas más pertinentes procedían de artistas y poetas, que si hubieran podido comparar sus notas ha­brían sido presas del pánico. Ante la falta de las cartas ori­ginales, llegué a sospechar que el compilador había estado haciendo preguntas insidiosas o había deformado el texto de la correspondencia para corroborar lo que había re­suelto ver. Por eso persistí en la creencia de que Wilcox, conociendo de algún modo los viejos documentos reunidos por mi tío, había estado engañándolo. Estas respuestas de los artistas narraban una perturbadora historia. Entre el 28 de febrero y el 2 de abril gran parte de ellos había te­nido sueños muy curiosos, que habían alcanzado su má­xima intensidad en el tiempo del delirio del escultor. Una cuarta parte hablaba de escenas y sonidos semejantes a los descritos por Wilcox y algunos confesaban su terror ante una criatura gigantesca y sin nombre. Un caso, que las no­tas describían con énfasis, era particularmente triste. El su­jeto, un arquitecto muy conocido, algo inclinado al ocul­tismo y la teosofía, se volvió completamente loco la noche en que llevaron al joven Wilcox a casa de sus padres, y mu­rió meses después gritando que lo salvaran de algún esca­pado habitante del infierno. Si mi tío hubiese conservado los nombres de estos casos, en vez de reducirlos a núme­ros, yo habría podido hacer alguna investigación personal. Pero, tal como estaban las cosas, sólo pude encontrar a unos pocos. Todos, sin embargo, confirmaron las notas. Me pregunté a menudo si aquellos a quienes había interro­gado el profesor Angell se habían sentido tan intrigados como este grupo. Nunca les di explicaciones, y es mejor así.

            Los recortes de prensa, como ya he dicho, trataban de casos de pánico, manía y excentricidad, siempre en el mismo período. El profesor Angell debió de haber em­pleado una agencia de recortes, pues el número de estos extractos era prodigioso, y además procedían de todos los rincones del mundo. Uno describía un suicidio nocturno en Londres: un hombre había saltado por una ventana luego de lanzar un grito horrible. En una confusa carta al editor de un periódico sudamericano un fanático anun­ciaba, apoyándose en sus visiones, un futuro siniestro. Un despacho de California relataba que una colonia teosófica había comenzado a usar vestiduras blancas ante la proxi­midad de un «glorioso acontecimiento», que no llegaba nunca, mientras que unas noticias de la India se referían cautelosamente a una seria agitación de los nativos, produ­cida a fines de marzo. Las orgías vudúes se habían multi­plicado en Haití, y en África se había hablado de unos can­tos misteriosos. Los oficiales norteamericanos radicados en Filipinas habían tenido ciertas dificultades con algunas tribus, y en la noche del 22 de marzo los policías de Nueva York habían sido molestados por levantinos histé­ricos. Confusos rumores recorrieron también el oeste de Irlanda, y un pintor llamado Ardois-Bonnot expuso en 1926, en el salón de primavera de París, un blasfemo Pai­saje de Sueño. En los manicomios los desórdenes fueron tan numerosos que sólo un milagro pudo impedir que el cuerpo médico advirtiera curiosas semejanzas y sacase apresuradas conclusiones. Una rara colección de recortes, de veras; apenas concibo hoy el crudo racionalismo con que los hice a un lado. Pero quedé convencido de que el joven Wilcox había tenido noticias de unos sucesos anteriores mencionados por el profesor.

 

2. EL INFORME DEL INSPECTOR LEGRASSE

 

            Los sucesos anteriores por los que mi tío diera tanta im­portancia al sueño del escultor y al bajorrelieve eran el tema de la segunda mitad del largo manuscrito. Ya una vez, parecía, el profesor Angell había visto los odiosos contornos del monstruo anónimo, había meditado sobre los desconocidos jeroglíficos, y había oído las sílabas que sólo la palabra Cthulhu podía traducir... Todo esto había tenido lugar en circunstancias tan sobrecogedoras que no es raro que persiguiese al joven Wilcox con preguntas y ruegos.

            Esta experiencia anterior había ocurrido diecisiete años antes, en 1908, mientras la Sociedad Americana de Arqueología celebraba su congreso anual, en San Luis. El profesor Angell, por su autoridad y sus méritos, había de­sempeñado un papel importante en todas las deliberacio­nes, y a él se acercaron varios profanos que aprovechaban la oportunidad de la convocatoria para hacer preguntas y plantear problemas.

            El jefe de este grupo no tardó en convertirse en centro de atracción de todo el congreso. Era un hombre de as­pecto muy común, de mediana edad, que había hecho el viaje de Nueva Orleáns a San Luis en busca de cierta in­formación que no había podido obtener en su distrito. Se llamaba John Raymond Legrasse y era inspector de poli­cía. Traía consigo el objeto de su viaje: una estatuilla de piedra, repugnante y grotesca, aparentemente muy anti­gua, cuyo origen no había logrado determinar.

            No debe creerse que el inspector Legrasse se intere­sara por la arqueología. Todo lo contrario; su deseo de instruirse tenía como único origen razones puramente profesionales. La estatuilla, ídolo, fetiche o lo que fuese, había sido capturada meses antes en los pantanos bosco­sos del sur de Nueva Orleáns, en el curso de una expedi­ción contra una presunta ceremonia vudú. Tan singulares y odiosos eran los ritos, que la policía comprendió que se hallaba ante un culto totalmente ignorado, e infinita­mente más diabólico que los del vudú. Los confusos e in­creíbles relatos arrancados por la fuerza a los prisioneros nada informaron sobre su posible origen. De ahí el deseo de la policía de consultar a alguna autoridad para identifi­car así el horrible símbolo, y seguir las huellas del culto hasta sus fuentes.

            El inspector Legrasse no había esperado que su pe­dido provocara una impresión semejante. La aparición de la curiosa estatuilla bastó para excitar a los hombres de ciencia, y pronto todos rodearon al inspector para con­templar de cerca la diminuta figura cuya rareza y aspecto de genuina y abismal antigüedad abrían perspectivas tan misteriosas y arcaicas. Nadie reconoció la escuela escultó­rica de la que había nacido la estatua, y sin embargo cen­tenares y hasta miles de años parecían haberse posado en la oscura y verdosa superficie de aquella piedra descono­cida.

            La figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla con más minuciosidad, medía de unos veinte a veinticinco centímetros de altura y estaba finamente labrada. Representaba un monstruo de contornos vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro ex­tremidades dotadas de garras enormes, y un par de alas largas y estrechas en la espalda. Esta criatura, que exha­laba una malignidad antinatural, parecía ser de una pesada corpulencia, y estaba sentada en un pedestal o bloque rec­tangular, cubierto de indescifrables caracteres. Las puntas de las alas rozaban el borde posterior del bloque, el asiento ocupaba el centro, mientras las garras largas y cur­vas de las plegadas extremidades asían el borde anterior y descendían hasta un cuarto de la altura del pedestal. La cabeza de cefalópodo se inclinaba hacia adelante, de modo que los tentáculos faciales rozaban el dorso de las garras enormes que apretaban las elevadas rodillas. El conjunto daba una impresión de vida anormal, más sutil­mente terrorífico a causa de la imposibilidad de establecer su origen. Su vasta, pavorosa e incalculable edad era inne­gable; sin embargo, nada permitía relacionarlo con algún tipo de arte de los comienzos de la civilización.

            El material de la estatua encerraba otro misterio. No había nada parecido, en geología, o mineralogía, a aquella piedra jabonosa, verdinegra, de estrías doradas o iridis­centes. Los caracteres de la base eran igualmente descon­certantes, y ninguno de los miembros del congreso, a pe­sar de que representaban a la mitad de las autoridades mundiales en este campo, pudo descubrir el más remoto parentesco lingüístico. Tanto la figura como el material pertenecían a algo increíblemente lejano, totalmente dis­tinto de la humanidad que conocemos: algo que sugería, de un modo terrible, antiguos y profanos ciclos en los que nuestro mundo y nuestras concepciones no habían parti­cipado.

            Y, sin embargo, mientras los miembros del congreso sacudían la cabeza y se confesaban incapaces de resolver el misterio, uno de ellos creyó descubrir algo raramente familiar en la efigie y los jeroglíficos, y al fin, no sin reti­cencia, confesó lo que sabía. Este hombre era el hoy desa­parecido William Channing Webb, profesor de antropo­logía en la Universidad de Princeton y explorador de bastante renombre.

            Cuarenta años antes el profesor Webb había recorrido Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que hasta ese entonces no había podido descubrir. En la costa de Groenlandia se había encontrado con una tribu degenerada de esquimales, cuya religión, forma sin­gular de los cultos demoníacos, lo había impresionado so­bremanera por su faz deliberadamente sanguinaria y re­pulsiva. Era aquélla una fe que los otros esquimales ignoraban casi del todo, y a la que se referían estremecién­dose. Databa, decían, de épocas muy antiguas, anteriores al nacimiento del mundo. junto a ritos anónimos y sacrifi­cios humanos había invocaciones de origen tradicional di­rigidas a un demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb había oído esa invocación en boca de un viejo an­gekok, o brujo sacerdote, y la había transcrito fonéti­camente, hasta donde era posible, en caracteres roma­nos. Pero lo que ahora parecía importante era el fetiche adorado en ese culto, y alrededor del cual bailaban los es­quimales cuando la aurora boreal brillaba muy por en­cima de los acantilados de hielo. Era, declaró el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra con una figura horrible y algunos caracteres misteriosos. Creía recordar que se pa­recía, por lo menos en todos los rasgos esenciales, a la criatura bestial que ahora estaban examinando.

            Este relato, recibido con asombro y sorpresa por los miembros del congreso, pareció excitar al inspector Le­grasse, que abrumó al profesor a preguntas. Habiendo co­piado una invocación recitada por uno de los oficiantes del pantano, rogó al profesor Webb que tratase de recordar las sílabas recogidas en Groenlandia. Siguieron una comparación exhaustiva de todos los detalles y un ins­tante de sombrío silencio cuando el profesor y el detec­tive convinieron en la virtual identidad de las frases. He aquí, en sustancia (la división de las palabras fue estable­cida de acuerdo con las pausas tradicionales observadas por los oficiantes), lo que el brujo esquimal y los sacerdo­tes de Luisiana habían cantado a sus ídolos:

 

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu

R'lyeh wgah'nagl fhtagn.

 

            Legrasse había tenido más suerte que el profesor Webb, pues varios prisioneros le habían revelado el sen­tido de esas palabras. Era algo así:

 

En su casa de R'lyeh

el desaparecido Cthulhu espera soñando.

 

            Y entonces, respondiendo a un ruego general, el ins­pector relató minuciosamente su experiencia con los fieles del pantano; veo ahora que mi tío dio gran impor­tancia a esa historia. Tenía cierto parecido con las ensoña­ciones más extravagantes de los teósofos y los creadores de mitos, y revelaba una asombrosa imaginación de carác­ter cósmico que nadie hubiese esperado entre parias y va­gabundos.

            El primero de noviembre de 1907 la policía de Nueva Orleáns había recibido un alarmado mensaje de la región pantanosa del Sur. Los colonos, gente primitiva, pero de buen natural, descendientes en su mayor parte de los hombres de Laffite, eran presas del pánico a causa de algo desconocido que había invadido la región durante la no­che. Se trataba en apariencia de un culto vudú, pero de una especie más terrible que todo lo que ellos conocían. Desde que el malévolo tam-tam había comenzado a sonar incesantemente en aquellos bosques oscuros donde nadie osaba aventurarse, habían desaparecido varias mujeres y niños. Se habían oído gritos irracionales, chillidos desga­rradores y cantos lúgubres, y unas llamas diabólicas ha­bían bailado en la espesura. Los vecinos, añadió el aterro­rizado mensajero, no podían soportarlo.

            En las primeras horas de la tarde veinte policías par­tieron en dos carricoches y un automóvil, guiados por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo intransita­ble, abandonaron los vehículos, y durante varios kilóme­tros chapotearon en silencio a través de los espesos bos­ques de cipreses donde nunca penetraba la luz del día. Raíces tortuosas y nudos malignos de musgo retardaban la marcha, y de vez en cuando una pila de piedras húme­das o los fragmentos de una pared en ruinas hacían aún más depresiva aquella atmósfera que los árboles deforma­dos y las colonias de hongos contribuían a crear. Al fin apareció un miserable conjunto de chozas, y los histéricos colonos corrieron a agruparse alrededor de las vacilantes linternas. El apagado golpear de los tam-tams se oía débil­mente a lo lejos, y la brisa traía muy de cuando en cuando un chillido que helaba la sangre. Un resplandor rojizo pa­recía filtrarse por entre el follaje pálido, más allá de las in­terminables avenidas de la noche selvática. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos los habi­tantes del lugar rehusaron avanzar un solo paso hacia la escena del culto maldito, de modo que el inspector Le­grasse y sus diecinueve colegas tuvieron que aventurarse sin guías por aquellas negras arcadas de horror donde nin­guno de ellos había puesto el pie.

            La región en que ahora entraba la policía tenía tradi­cionalmente muy mala fama, y en su mayor parte no ha­bía sido explorada por-hombres blancos. Algunas leyen­das se referían a un lago secreto en que vivía una colosal e informe criatura, algo parecida a un pólipo y de ojos fos­forescentes, y, según los colonos, unos demonios de alas de murciélago salían a medianoche de sus cavernas para adorar al monstruo. Afirmaban que éste estaba allí desde antes de La Salle, de los indios, y aun de las bestias y los pájaros del bosque. Era una verdadera pesadilla, y verlo significaba la muerte. Pero se aparecía en sueños a los hombres, y eso bastaba para que éstos se mantuviesen ale­jados. La orgía vudú se desarrollaba en los límites extre­mos del área aborrecida, pero aun así el emplazamiento era bastante malo, y eso quizá había aterrorizado a los co­lonos más que los chillidos o incidentes.

            Sólo la poesía o la locura podían haber reproducido los ruidos que oyeron los hombres de Legrasse mientras atravesaban lentamente el sombrío pantano, acercándose a la luz rojiza y a los apagados tam-tams. Hay una cuali­dad vocal propia de los hombres y una cualidad vocal propia de las bestias; y nada más terrible que oír una de ellas cuando el órgano de donde proviene debería emitir la otra. Una furia animal y una licencia orgiástica se exa­cerbaban allí hasta alcanzar alturas demoníacas con gritos y aullidos extáticos que retumbaban en los bosques tene­brosos como ráfagas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando cesaban los gritos y lo que parecía un coro de voces roncas entonaba aquella odiosa melopea:

 

Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu

R'lyefi wgah'nagl fhtagn.

 

            Al fin los hombres llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso, y se encontraron de pronto en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto per­dió el conocimiento, y otros dos lanzaron un grito de ho­rror que, por suerte, fue apagado por el tumulto salvaje de la orgía. Legrasse roció con agua pantanosa el rostro del hombre desvanecido, y luego todos contemplaron el es­pectáculo fascinados por el horror.

            En un claro natural del pantano se alzaba una isla verde de unas cuarenta áreas de extensión, desprovista de árboles, y bastante seca. Allí saltaba y se retorcía una horda de anormalidades humanas más indescriptibles que cualquiera de las que hubiese podido pintar un Sime o un Angarola. Sin ropas, esta híbrida muchedumbre bramaba, rugía y se contorsionaba alrededor de una hoguera circu­lar. De vez en cuando se abrían las cortinas de fuego y se podía distinguir en el centro un bloque de granito de unos dos metros y medio de alto, en cuya cima, incongruente por su pequeñez, se alzaba la funesta estatuilla. En diez cadalsos instalados a intervalos regulares en un ancho círculo que rodeaba la hoguera, con el monolito como centro, colgaban cabeza abajo los cuerpos extrañamente mutilados de los desaparecidos colonos. Dentro de este círculo saltaba y rugía el anillo de fieles, moviéndose de izquierda a derecha en una bacanal interminable entre el círculo de cadáveres y el círculo de fuego.

            Pudo haber sido sólo imaginación o pudo haber sido un simple eco, pero uno de los hombres, un impresiona­ble español, creyó oír que las invocaciones eran seguidas por unas respuestas antifonales que procedían de un le­jano y sombrío lugar, situado en lo más profundo de aquel bosque de leyenda. Este hombre, Joseph D. Gálvez, a quien más tarde encontré e interrogué, era desbordante­mente imaginativo. Llegó a decir que había oído el débil golpear de unas grandes alas y que había vislumbrado unos ojos luminosos y una enorme masa blanca detrás de los árboles más lejanos. Pero creo que estaba demasiado influido por las supersticiones locales.

            La inactividad de los hombres paralizados fue compa­rativamente de poca duración. El deber venció pronto to­das las dudas, y aunque los celebrantes debían de llegar al centenar, la policía, confiando en sus armas de fuego, irrumpió en medio de la horda. Durante cinco minutos el caos y el tumulto fueron indescriptibles. Hubo furiosos

golpes, disparos y huidas. Pero finalmente Legrasse pudo contar cuarenta y siete prisioneros, a los que obligó a ves­tirse rápidamente, y que rodeó de policías. Cinco de los celebrantes habían muerto, y otros dos, muy malheridos, fueron transportados por sus cómplices en improvisadas parihuelas. La imagen del monolito fue sacada con todo cuidado y llevada por Legrasse.

            Examinados en el cuartel de la policía, luego de un viaje agotador, los prisioneros resultaron ser mestizos de muy baja ralea, y mentalmente débiles. Eran en su mayor parte marineros, y había algunos negros y mulatos, proce­dentes casi todos de las islas de Cabo Verde, que daban un cierto matiz vudú a aquel culto heterogéneo. Pero no se necesitaron muchas preguntas para comprobar que se tra­taba de algo más antiguo y profundo que un fetichismo africano. Aunque degradados e ignorantes, los prisioneros se mantuvieron fieles, con sorprendente consistencia, a la idea central de su aborrecible culto.

            Adoraban, dijeron, a los Grandes Antiguos, que eran muy anteriores al hombre y que habían llegado al joven mundo desde el cielo. Estos Antiguos se habían retirado ahora al interior de la tierra y al fondo del mar, pero sus cadáveres se habían comunicado en sueños con el primer hombre, quien inventó un culto que nunca había muerto. Éste era ese culto, y los prisioneros dijeron que había existido siempre y que siempre existiría, ocultándose en lejanías desiertas y lugares retirados hasta que el gran sa­cerdote Cthulhu saliese de su sombría morada en la ciu­dad submarina de R'lyeh para reinar otra vez sobre la Tie­rra. Algún día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada posición; y el culto secreto estaría allí, espe­rándolo.

            Mientras tanto no podían decir nada más. Se trataba de un secreto que ni la tortura podría arrancarles. La hu­manidad no era lo único consciente en la Tierra, pues ha­bía unas formas que emergían de la sombra para visitar a sus escasos fieles. Pero éstas no eran los Grandes Anti­guos. Nin

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Publicado por black_rossen @ 3:25 PM  | H. P. Lovecraft
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